Mujeres trabajando por la paz El Enlace Jerusalén Sumaya Farhat-Naser
Desde siempre las mujeres
y los varones israelíes y palestinos han intentado dialogar, a pesar
del peligro que suponía. Se consideraba como una traición y
como una forma de reconocer al enemigo. Hasta 1992 los políticos
palestinos e israelíes tenían totalmente prohibido ponerse
en contacto unos con otros. Los hombres eran obligados a dar explicaciones
e inmediatamente eran castigados con penas de cárcel. A las mujeres
palestinas, en cambio, no se las creía capaces de ser políticamente
activas. De acuerdo con la tradición y el pensamiento patriarcal,
no podía aceptarse que las mujeres asumieran actividades políticas.
Así que nos encontrábamos individualmente. Durante unos años
había réuniones informales y a escondidas.
En 1988 por primera vez
se reunió en Jerusalén un grupo más grande de seis mujeres
israelíes y seis palestinas. Queríamos elaborar un proyecto
conjunto, para no trabajar sólo de forma individual.
En 1989 el Centro laico
de Cultura Judía de Bélgica invitó a un grupo de mujeres
palestinas e israelíes a un encuentro secreto en Bruselas. Trabajamos
en la formulación de principios comunes y de un marco para el trabajo
conjunto y la cooperación. Era necesario fijar unas líneas
políticas para que nuestro encuentro no fuera denunciado como una
conspiración ni como una traición. Teníamos que demostrar
a nuestros pueblos que nos reuníamos para beneficio de ambas partes.
Formulamos principios como el reconocimiento de los derechos nacionales y
políticos, el reconocimiento de la OLP y el rechazo a la violencia.
La Guerra del Golfo de 1990-91
produjo una amplia fisura entre las activistas a favor de la paz en Israel
y en Palestina, la desconfianza volvió y las conversaciones
enmudecieron.
Como resultado directo,
en 1994 se fundaron dos centros de mujeres con ayuda de la Comisión
Europea: el palestino "Jerusalem Center for Women" (Centro Jerusalén
para Mujeres) en Jerusalén este y el israelí "Bat Shalom" (Hermana
de la Paz) en Jerusalén oeste. Ambos centros juntos constituyen el
"Enlace Jerusalén".
La creación de dos
centros físicamente separados fue intencionada: ambas partes desean
trabajar de forma independiente y en libertad, en lugar de adaptarse y de
cambiar su postura para agradar a la otra parte. Queremos mantener nuestra
identidad política y cultural.
La sociedad israelí
posee un estado con estructuras diferenciadas. Dispone del poder económico
y, al mismo tiempo, es la potencia ocupante. En cambio, la sociedad palestina
vive desde hace más de cincuenta años en el exilio y desde
hace más de treinta años bajo la ocupación israelí.
Tiene muy pocos fundamentos para construir un estado apenas incipiente y
casi no tiene recursos ni capital. En Palestina temas como la educación
para los derechos humanos, el sentido cívico o la consolidación
del sistema parlamentario son las cuestiones que deben ser trabajadas. Para
los israelíes estos son temas de los que se ocupan desde hace más
de cincuenta años.
Nuestras diferencias se
manifiestan en la vida cotidiana. Para los palestinos los días festivos
de la semana son los viernes y los domingos, mientras que para los
israelíes es el sábado. Nuestros días de fiesta nacionales
y religiosos se celebran en épocas diferentes y están relacionados
con formas de comportamiento diferentes. En el mes musulmán del
Ramadán no se puede comer, beber ni fumar durante todo el día;
tampoco se suele ofrecer nada a las personas invitadas. Si las interlocutoras
israelíes desconocen estas convenciones sociales, pueden llegar a
sentirse molestas. También los sistemas sociales son muy distintos.
Las mujeres israelíes ganan un salario promedio que es el doble de
lo que ganan las palestinas. Tienen seguridad social, pensiones de
jubilación y un seguro de enfermedad. Sin embargo, las mujeres palestinas
que participan en las discusiones no disponen de nada similar.
Para las mujeres palestinas
e israelíes que trabajan por la paz es importante convencer a ambas
partes de la necesidad de trabajar juntas. Este trabajo de convicción
es más sencillo si empezamos por nuestra propia casa, antes de intentar
dialogar con la otra parte. Por este motivo, cada centro tiene un programa
propio orientado a las necesidades de su propia sociedad. El Enlace
Jerusalén sirve como una plataforma para realizar programas conjuntos
que se ocupan de analizar la situación política y de formar
a las mujeres para el trabajo político.
Cuando surgió la
idea de hacer una campaña para un Jerusalén común en
otoño de 1996, teníamos la sensación de "estar haciendo
lo correcto". El apoyo de la Comisión Europea y de otros finaciadores
confirmaba su importancia. Bajo el título "Compartir Jerusalén:
dos capitales para dos estados" organizamos una semana con diferentes
actividades. Nuestro objetivo era conseguir que una visión llegara
a ser realidad por un tiempo: la visión de una ciudad abierta, una
ciudad que sirviera como capital de dos pueblos, de dos naciones. Esta no
era una actitud popular en la sociedad israelí ni en la palestina,
ni tampoco lo es hoy en día. La gran mayoría de los israelíes
y de los palestinos piensan que Jerusalén debería pertenecerles
a ellos solos. La realidad de la ciudad de Jerusalén es sin embargo
bien diferente. Es una ciudad dividida en dos mitades: una
judía-israelí y otra mitad palestina, musulmana y cristiana.
Para las mujeres israelíes y para las palestinas fue extremadamente
difícil aceptar el proyecto, que estuvo cargado de una fuerza
emocionalmente explosiva. Amenazaba con hacer parecer a las organizadoras
como traidoras y colaboracionistas a ojos de la población.
Al apartarnos del consenso
general, como mujeres teníamos menos que perder que los varones.
Estábamos orgullosas de atrevernos a hacer algo que a los varones
no se les permitía intentar.
La Autoridad Nacional Palestina
debía dar el visto bueno a las mujeres palestinas; rápidamente
dio su consentimiento. Dado que esta institución no podía tratar
el problema de Jerusalén, - pues así se había acordado
en las negociaciones de paz, mientras no se construyera una relación
de confianza entre las partes - se alegró de que tratáramos
este problema con nuestra campaña. El tiempo de espera hasta que
Jerusalén se convirtió en un tema de negociación fue
aprovechado por el gobierno israelí para ampliar Jerusalén
con extensos asentamientos en Jerusalén este. Este tipo de acciones
unilaterales destrozaban la confianza entre ambas partes.
En medio de este difícil
contexto llegamos nosotras con nuestro proyecto. Recibimos una avalancha
de acusaciones: "¡Cómo podéis atreveros a dividir
Jerusalén! ¡Cómo podéis atreveros a proponer
Jerusalén como capital de dos estados!".
Este tema, especialmente
sensible y cargado de emociones, también provocó discusiones
y malentendidos entre nosotras mismas, mujeres de paz. Nosotras, mujeres
palestinas y israelíes, casi no podíamos superar los miedos
estereotipados sobre "las otras", aunque llevábamos más de
tres años trabajando juntas. Para nosotras era decisivo admitir que
existían dos visiones de los hechos y que había dos historias
en vez de una sola. El respeto mutuo puede ser la base para la comprensión
política posterior - incluso para la reconciliación.
El peligro de los malentendidos
lingüísticos no era nada despreciable. Conseguir ponernos de
acuerdo sobre el eslogan del proyecto demostró ser bastante difícil.
Llegamos a un acuerdo y pusimos entre comillas la definición de lo
que queríamos expresar con "compartir".
Durante un tiempo
funcionó. En inglés - pues las mujeres israelíes y
palestinas se entienden en inglés - parecía sencillo y claro.
Pero cuando se imprimió la traducción del eslogan en árabe
y en hebreo, las mujeres israelíes y palestinas recibieron una avalancha
de acusaciones. La traducción hebrea fue entendida en parte como "vivir
juntos en una ciudad", lo que también se interpretó como "dormir
juntos en una cama" o "vivir en un mismo espacio". ¿A quién pertenece
este espacio que es Jerusalén? Puesto que Israel está en el
poder, esto significaría aceptar la dominación israelí.
¡Nunca!
La traducción árabe
fue entendida como "ciudad bocadillo". En Jerusalén hay dos clases
de bocadillos: el oriental es una pita, una bolsa de pan redonda que se abre
por arriba y se rellena. El bocadillo occidental consiste en dos rodajas
de pan separadas. Se abre y se deshace fácilmente. La idea de una
ciudad bocadillo fue aceptada o rechazada, según qué tipo de
bocadillo se imaginara cada persona. Desde el lado israelí se
interpretó unánimemente como un bocadillo occidental, con la
idea de que la ciudad de Jerusalén debía ser dividida de nuevo,
como antes de 1967.
A pesar de todas las
dificultades, la campaña fue un éxito. Hubo conciertos, discusiones
y una manifestación en que participaron diez mil personas. La presencia
de los medios de comunicación fue muy amplia. Entre nosotras la
campaña había hecho explícitas las preguntas fundamentales:
¿Cómo tratar la asimetría entre las mujeres israelíes
y las palestinas? ¿Cómo lograr construir una relación
de cooperación en la que tengamos los mismos derechos y nuestras opiniones
valgan igual? En un primer momento todas considerábamos Jerusalén
como nuestra propiedad y al final habíamos llegado a la convicción
de que la ciudad debía ser compartida.
Las mujeres palestinas e
israelíes tenemos una visión distinta sobre el trabajo necesario
para construir la paz. Gila Svirsky, que asumió la dirección
de "Bat Shalom" poco después de la campaña, expresaba así
esta diferencia: "Las mujeres palestinas piden que discutamos sobre cuestiones
políticas, mientras las israelíes quieren hacer amistades.
Las mujeres israelíes participan en los grupos de diálogo con
las palestinas para poder dormir mejor por las noches; las palestinas, para
impedir que las israelíes se vayan a dormir tranquilas"..
Sumaya Farhat-Naser
nació en Birseit, cerca de Jerusalén. Estudió en
Alemania y enseña botánica en la Universidad de Birseit. Entre
1997 y 2001 fue directora del centro palestino "Jerusalem Center for
Women".
El texto es la versión
resumida de un capítulo del libro "Arraigada en la tierra de los olivos",
escrito en alemán y publicado en 2002 por la editorial Lenos-Verlag,
en Basilea (Suiza). Esta editorial se ha especializado en literatura escrita
en árabe y en alemán. Por desgracia, los libros de Samaya
Fahrat-Naser aún no están disponibles en otras lenguas - al
igual que la página web de la editorial
www.lenos.ch, en la que se puede encontrar
más información sobre la editorial y sobre la autora.
Traducido del alemán
por Rosa Morillo Balado. |