Buscando a la Mujer insaciable (1)

 


Cherríe L. Moraga

"Un día llegará un cuento a su pueblo. Siempre habrá desacuerdo sobre su origen - si el cuento vino del sudoeste o del sudeste. El cuento podrá llegar con un extranjero, un viajero echado de su propio país meses atrás. O el cuento puede llegar con un viejo amigo, tal vez el comerciante de loros. Pero luego que oiga el cuento, Ud. y los demás se prepararán a la luz de la luna nueva para levantarse en contra de los negreros".

Leslie Marmon Silko, Almanac of the Dead (2)

La mayoría de nosotros puede nombrar un cuento que entró en el pueblo de nuestros corazones y cambió nuestras vidas para siempre. Para mí fueron los primeros cuentos que puedo recordar de la niñez de mi madre como campesina, tan pequeña que la familia la arrastraba entre las filas de plantaciones como la bolsa de papas que estaban cosechando. Treinta años más tarde estos cuentos se convertirían en las familias campesinas de mis obras de teatro. El lugar, el mismo valle central de Califas, las personas - composiciones de cuentos, de recuerdos, de testimonios y de invenciones.

Irónicamente, el cuento de La Llorona, la mujer mexicana, nunca me fue contado ni por mi madre ni por ningún otro miembro de mi familia, sin embargo, tuvo un impacto más profundo en mi psique de escritora que cualquier otro cuento que me hayan contado. Una versión tradicional mexicana de La Llorona cuenta de una mujer engañada sexualmente por su hombre y, en lo que fue un arrebato de celos o de pura venganza, mata a sus hijos, ahogándolos en un río. Al llegar su propia muerte no puede ingresar al cielo por su crimen. Entonces su destino es pasar toda la eternidad buscando a sus hijos muertos. Su lamento "mis hijos" se convierte en el grito que hiela la sangre y que se escucha a lo largo de las zanjas de irrigación y de los arroyos campesinos, avisando a los niños que cualquier mal comportamiento (por ejemplo, alejarse demasiado del campamento) podría hacer que este fantasma femenino los llevara.

El cuento de La Llorona llegó al "pueblo" de mi corazón por primera vez, accidentalmente por boca de una casi extraña. Era una "viajera" como dice Leslie Marmon Silko, "echada de su propio país" de la franja bíblica de California unos años antes. En aquel entonces, en la mitad de la década del setenta, yo trabajaba como mesera en un restaurante vegetariano en el límite entre el distrito Castro gay de San Francisco y el barrio de la misión. La "viajera" era una mujer blanca que venía noche por medio a comer un tazón de arroz integral, verduras saltadas y una taza de té. Desde el principio me gustó su aspecto: unos treinta años, el pelo teñido de rubio y con permanente, los dientes rotos y robusta de caja. Tenía una cara sonriente. Percibí el botón que llevaba en su camiseta demasiado ajustada con la leyenda "Commie Dyke" [tortillera comunista] y enseguida supe que esta chica era de la familia. Amber (la llamaré por su nombre real porque le gustaría ser la protagonista de su propia historia) venía casi todas las noches luego de cerrar la librería comunista de propiedad comunitaria en la ciudad. Entraba, tirando un montón de nuevos títulos en la mesada y abría uno de esos textos revolucionarios. Me acuerdo de uno en particular, las letras azules y rojas contra un fondo plateado, The Romance of American Communism. (3) Allí, en el receso, luego de la hora pico, con una taza de té darjeeling y escuchando a unos hippies de aspecto sucio, tuve mi primera introducción al Sr. Karl Marx, contada por la Sra. Amber Hollibaugh, una verdadera miembro de la clase obrera. Me informó que yo también era de la clase obrera, sin saberlo, hasta que, como un bálsamo para los heridos e ignorantes, esta revelación se derramó de los labios de esta chica. "Pero ese es otro cuento."

El cuento que quiero contar es como esta chica blanca "del culo del mundo", como solía decir la mamá de otra amiga de la clase obrera, refiriéndose a cualquier lado que no fuera Los Angeles o Nueva York, abrió mi corazón para el cuento de La Llorona. No es que esta chica de algún paradero de camiones en el Valle Central conscientemente supiera algo del mito mexicano, pero lo que me contó sacudió algo en mi memoria que había guardado, por lo menos, durante una generación.

Por aquellos tiempos Amber apoyaba en la cárcel a una mujer lesbiana que había sido encarcelada en Oregon a los 19 años. En aquel momento Jay tenía 39 años. Jay es una infanticida. Una Llorona contemporánea. Y el engaño requerido no involucró a un hombre, sino que fue una especie de auto traición - como dice la filósofa feminista María Lugones, homofobia internalizada - entre dos amantes femeninos. Veinte años antes, la lesbiana y su amante pelearon. Parece que los niños estaban involucrados. La pareja condujo hasta un acantilado y cada una, tomando la inocencia en sus manos, tiró un niño del acantilado. Seguramente estaban borrachas. Locas. Sin duda. Y seguramente las dos eran culpables del crimen. Pero Oregon es intolerante. Y la madre biológica aduce que "la tortillera me obligó a hacerlo". Bajo el hechizo de la "pervertida" fue obligada a cometer el crimen más grave contra la naturaleza - infanticidio. La madre biológica está libre. La amante lesbiana, veinte años más tarde, todavía está en la cárcel. Veinte años como prisionera modelo y cada vez que revisan su caso se reparte que la "infanticida lesbiana" será liberada, y la presión del público la mantiene tras las rejas.

Hoy, otros veinte años más tarde, no sé si Jay sigue en prisión. Amber, ahora, está en Nueva York y dicen que todavía trabaja con prisioneros y con lesbianas. Y yo aquí, aún deshilvanando el cuento. En 1976, escribí un poema con el título "las Voces de los que caen". No podía sacar al niño o al asesino de mi cabeza, ese niño que cae, "me caigo" grita "¿no ven, me caigo?" La súplica del niño hace eco de la voz de mi compañera de secundaria, otra mujer hombruna, gritando cuando se tira de un acantilado en Baja California. ("Pero ese es otro cuento"). No podía sacar esas voces de mi cabeza, porque yo sé lo que es ser una mamá lesbiana, biológica y no biológica. Sé cuando el niño y la homofobia y el miedo y la vergüenza de nosotras mismas pueden caernos a golpes, contra las paredes, contra nosotras, contra el niño. No me es tan ajeno. Pero el poema no satisfizo mi ansiedad de conocer el cuento, el verdadero cuento, el cuento del por qué una mujer mata su hijo. El cuento de La Llorona.

"¿Porqué necesitaba conocer el cuento?" Soy una Chicana suburbana. Los niños se ahogaban en los baños locales, no en el río cercano. Nunca sentí a nadie decir "La Llorona te va a agarrar". En nuestro barrio era "el Viejo de la Bolsa" o ese terror inarticulado, inspirado por algún episodio de la zona del crepúsculo, cuando el corto camino por el pasillo al baño se convertía en un largo viaje tipo laberinto a lo desconocido:

"Dale, acompáñame por el pasillo. Tengo que ir al baño".

"Bueno, pero tu vas primero".

"No, tu primero"

"No, tu"

"Tu"

"Bueno, dame la mano".

Pero, como la hija de una madre totalmente mexicana, sabía que las mujeres pueden ser castigadas por el resto de sus vidas por algún pecado que ocurrió en alguna parte de nuestra historia colectiva. "Eres mujer." Eso es todo lo que necesitamos saber. Ese es el crimen que nosotras, las feministas, aún estamos resolviendo. Me hago eco aquí del cuento de Helena María Viramontes, "Creciendo," donde escribe de un padre que reprende a su hija:

"Tú eres mujer, tronaba y ese era el final de cualquier discusión o de cualquier pregunta y se cerraba el asunto porque decía esas tres palabras como si fuesen una condena del cielo y no se podía confiar en ella" (4)

Cuando conocí por primera vez el cuento mexicano de La Llorona, inmediatamente reconocí que la mujer llorona, aquella aberración, aquella criminal contra la naturaleza, era una hermana. Tal vez siendo lesbiana, mi identificación se ganó mas fácilmente, sabiendo cabalmente que mi crimen equivalía al suyo. De la forma que una lo considerara, ambas estábamos tristemente lejos de ser hijas obedientes. Pero, estoy convencida que La Llorona es la historia de toda mujer mexicana, sin tener en cuenta su sexualidad. Es una hermana para todas nosotras.

Empecé a investigar el mito. Desde el primer párrafo que leí sobre el tema - de la Literatura Chicana texto y contexto al análisis de José Limón y la ficcionalización de Rodolfo Anaya (5) hasta las entrevistas con agricultores en Oregon, hasta permanecer días en la biblioteca pública de San Francisco buscando en rollo tras rollo de ese microfilm azul cada relato de infanticidio publicado en las noticias de los diarios - ninguna versión me contó lo suficiente.

La versión oficial era una mentira. Supe esto desde mi primera memoria del cuento. "¿Quién mataría a su hijo porque un hombre la abandonó? " No era motivo suficientemente contundente. Sin embargo, todos, desde Anaya a Eurípides nos afirmaba que fue así. Bueno, si la "traición" era la razón, ¿podría ser que el infanticidio fuese una venganza contra la misoginia, un acto de venganza, no contra un hombre, pero contra el hombre en general y por una traición mucho más importante que la infidelidad sexual: la esclavitud y deformación de nuestro sexo?

Una amiga mía, partera, me sugirió otra posibilidad. Como mujer que ha trabajado como enfermera - partera durante muchos años con chicanas, tenía una íntima conexión con la gama completa de instintos maternos, tanto aceptados como tabúes. "El infanticidio no es un homicidio" me dijo, "sino un suicidio. Una madre nunca se separa completamente de su hijo. Siempre permanece como parte de sus hijos". Pero entonces, ¿qué es lo que estamos matando dentro de nosotras? Y ¿porqué?

La respuesta a estas preguntas se encuentra evidentemente en permitir a La Llorona que hable por sí misma, que diga algo que no sea "mis hijos" por el resto de la eternidad. Cuando me di cuenta de esto, también empecé a escribir una obra de teatro, hace cuatro años, que todavía me tiene trabajando y haciéndome preguntas. Lo he llamado "La Medea Mexicana" (6) refiriéndome al drama griego de Eurípides y al cuento de La Llorona. Como en la dramatización por Eurípides del cuento de Medea se buscan los dioses griegos como jueces y consejeros, yo me dirigí a las deidades Aztecas precolombinas. En mi investigación descubrí otro cuento, el mito azteca de la creación de "La Mujer Hambrienta". Y este cuento se hizo eje para mí, una apertura en mi búsqueda por desatar la fuerza de La Llorona en nuestras vidas de chicanas.

"En el lugar donde viven los espíritus, había una vez una mujer que lloraba constantemente por comida. Tenía bocas en sus muñecas, bocas en sus codos, bocas en sus tobillos y sus rodillas. . . .

Luego, para aliviar a la pobre mujer [los espíritus] bajaron y empezaron a hacer pasto y flores de su piel. De su pelo hicieron bosques, de sus ojos pozos y manantiales, de sus hombros, montañas y de su nariz, valles. Al final será satisfecha pensaron. Pero como antes, sus bocas estaban en todas partes, mordiendo y quejándose... abriéndose y cerrándose, pero nunca se saciaban. A veces, de noche cuando sopla en viento se la puede oír, llorando por comida. (7)

¿Quién podría ser sino La Llorona? Siempre son los llantos de La Llorona que equivocamos con el viento, pero no llora por sus hijos. Llora por comida, sustento. Tiene hambre la mujer. Y al final, al encontrar este mito - este mito precapitalista, precolonial, precatólico - mi jornada empieza a tener sentido. Esta es La Llorona original y tiene mucha hambre. Me di cuenta que ha sido el tema de mi trabajo todo el tiempo, desde mis primeros escritos, mis primeros pasos en el feminismo. Ella es el cuento que nunca fue contado verdaderamente, el cuento de una mujer mexicana hambrienta, llamada puta/bruja/jota/loca porque se niega a olvidar que su media vida no es un hecho nacido naturalmente.

Estoy buscando a la mujer insaciable, me recuerda el grito de la artista mexicana, Guadalupe García en su obra de teatro "El llamado de Coatlicue". (8) Se lamenta "Estoy buscando una mujer llamada Guadalupe". Tal vez todas estamos buscando a la misma mujer. Cuando La Llorona mata a sus hijos, esta matando una maternidad mexicana definida por los hombres que nos roba nuestra condición de mujer. Empecé por analizar este deseo de matar la maternidad patriarcal con relación a otro mito mexicano "El nacimiento de Huitzilopotchli." (9) El mito mexicano cuenta la historia de Coyolxauhqui, la diosa azteca de la luna que intenta matar a su vieja madre, Coatlicue, cuando se entera del embarazo de ésta. La interpretación de feministas, yo misma incluida, es que Coyolxauhqui espera poder impedir, por el asesinato de su madre, el nacimiento del dios de la guerra. Huitzilopotchli. Está convencida de que el nacimiento de Huitzilopotchil también significará el nacimiento de la esclavitud, del sacrificio humano y del imperialismo (es decir, del patriarcado). Fracasa en su intento y es asesinada y desmembrada por su hermano Huitzilopotchli y relegada a la oscuridad, para convertirse en la luna.

Este antiguo mito recuerda a las mujeres mexicanas que, culturalmente hablando, no existe ninguna madre-mujer a quien manifestar, definida por nosotras, fuera del patriarcado. Nunca tuvimos el poder para realizar una definición. No erramos por el mundo en búsqueda de nuestros hijos muertos, sino en búsqueda de nuestro ser perdido, nuestra sexualidad perdida, nuestra espiritualidad perdida, nuestra sabiduría perdida. No es de extrañarse que La Llorona haya sido castigada tan irrefutablemente, destinada a errar por el mundo en búsqueda de sus niños. Para encontrar y manifestar nuestro verdadero ser (esa "mujer antes de la caída" como escribí en otra parte) (10), ¿qué podríamos cambiar en el mundo tal como lo conocemos? "Mis Hijos" llora, pero yo la siento decir otra cosa. "Mis hijas perdidas." Y le contesto. "Te busco a ti también, madre/hermana/hija". Busco a la mujer insaciable.

"La Llorona," "La Mujer Hambrienta," "El desmembramiento de Coyolxauhqui" -- estos son cuentos que nos han formado. Nosotras, las chicanas, los recordamos, a pesar de nosotras, y de los esfuerzos de nuestras familias y de la sociedad para que olvidemos. Recordamos estos cuentos donde las madres trabajaban en fábricas, no en el campo y los niños jugaban en los baños de la ciudad y no en los arroyos campestres. El cuerpo recuerda.

Cada una de mis obras de teatro, cada poema, cada cuento de ficción ha sido moldeado por un cuento. La mayoría de los autores dirán lo mismo. Mi obra de teatro, Shadow of a Man, (11) tomó forma de una imagen extendida, un cuento que me contó mi madre de la aparición de su padre muerto en los pies de la cama. Estaba retratado contra la oscuridad, el sombrero inclinado de un lado, una sombra tapándole la cara. "Supe que era un signo de muerte", dijo ella, "pero no sabía de quién". En otra de mis obras, Heroes and Saints (Héroes y Santos), (12) la protagonista es una chicana de diecisiete años, sin cuerpo, y empezó como respuesta a un cuento de Luís Valdéz The Shrunken Head of Pancho Villa (la cabeza encogida de Pancho Villa). (13) En el cuento, está buscando una cabeza extraviada. En Heroes, estoy buscando un cuerpo extraviado, el cuerpo femenino. En ambas obras, Valdéz y yo buscamos una revolución.

¿Qué hace que develar estos cuentos tiene el poder de inspirar una insurrección? ¿Cómo criamos una generación revolucionaria de arte chicano?

Los cuentos inspiran cuentos y los mejores y más revolucionarios de los cuentos se recuperan de las partes más hondas de nuestro subconsciente, el reservorio de nuestra memoria colectiva. El mejor de los escritores habla de un "nosotros" que surge de todos nosotros. Así es que cuando tenemos verdadero éxito en nuestros cuentos, no podemos atribuirnos todo el mérito. No tengo paciencia con la creciente cantidad de literatura chicana que es coloquial a propósito, la literatura turista, escrita para audiencias que son extranjeras a la geografía cultural y política de nuestros símbolos, imágenes e historia. Cuando escribimos en traducción, nunca vamos más allá de nuestra condición de colonizados. Cuando escribimos para nosotros, para nuestro ser más íntimo, la obra viaja hasta el corazón de nuestra experiencia con tales matices culturales que ilumina una humanidad total, una que requiere de una revolución para que se pueda manifestar. Nuestras palabras e imágenes más verdaderas son reprimidas por la principal corriente cultural. No entretienen y el entretenimiento rinde rentabilidad. Así que, algunas de nosotras aprendemos a entretener y nos recompensan. Escribimos menos bien, con menos profundidad, menos verdaderamente nosotras. (14)

Sin embargo conozco nuestra promesa, la he percibido. A veces en los primeros capítulos "prohibidos" de una novela inédita de un poeta publicado. A veces en el monólogo con escaso argumento de una chicana-navajo tortillera de dieciséis años que cree que es un vato loco. A veces en las manchas sangrientas de las acuarelas tomando forma de una vulva-corazón cortada en un pedazo de papel mata. A veces todavía creo en el poder del cuento para cambiar nuestras vidas, sea este un cuento encontrado por casualidad, que se derrama desde la boca de una lesbiana comunista en un restaurante vegetariano o un cuento que tu bisabuela contó a tu abuelita, y que tu abuelita contó a tu mami, pero que tu mami "olvidó" contarte. Existe un potencial revolucionario en el cuento. Los cuentos verdaderos dan poder, de la misma forma que las mentiras quitan el poder. Por lo tanto, cuando descubrimos una verdadera narradora, ella debe ser protegida y alimentada.

Al redactar esto, aún estoy trabajando en mi cuento de La Llorona. Por supuesto quiero creer que es revolucionario (15). En algún momento tal vez tenga que aceptar que la "Medea Mexicana" sólo pueda lograr capturar un fragmento de lo que sé en mis huesos acerca de la Llorona. Debo confesar que es un cuento más difícil de escribir ahora, siendo madre en la carne, con toda la belleza y la carga de aquellas clases mexicanas de maternidad. Pero sigo adelante. Y tal vez si esta obra no satisface mi hambre por el cuento de La Llorona, tal vez una obra posterior lo haga. Tal vez sea un cuento en que trabajaré el resto de mi vida, con muchas formas y voces y estilos. Tal vez, como lo dijo James Baldwin, cada uno de nosotros sólo tiene un cuento que contar y todos los esfuerzos por escribir son sólo un intento de decirlo mejor esta vez. Tal vez en alguna parte de mí creo que si pudiese llegar al corazón de la Llorona, podría llegar al corazón de la cárcel mexicana y al nombrarla, podría liberarnos . . . aunque sólo un poco. Tal vez el esfuerzo sea una vida que valga la pena.


Cherríe Moraga es poeta, ensayista y autora de obras de teatro y coeditora de las antologías feministas clásicas: This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color and Cuentos: Stories by Latinas. Vive en Oakland, Estados Unidos.

Este artículo fue publicado originalmente en Cherríe Moraga: Loving in the War Years. Lo que nunca pasó por sus labios, South End Press, Cambridge, USA, 2000. Es una versión abreviada.


NOTES
(1) This essay was originally presented as an address at El Frente Latina Writers' Conference at Cornell University on October 14, 1995, organized by Helena María Viramontes, among others. Feminist philosopher, María Lugones, whom I reference later in this essay, was also present at the conference. On February 22, 1996, the lecture was again delivered at the University of California, Los Angeles, sponsored by The César Chávez Center and the English Department.
(2) Leslie Marmon Silko, Almanac of the Dead (New York: Simon & Shuster, 1991).
(3) Vivian Gornick. (New York: Basic Books, 1977).
(4) Cuentos: Stories by Latinas, eds. Moraga, Alma Gómez, and Mariana Romo-Carmona (New York: Kitchen Table/Women of Color Press, 1983).
(5) Literatura chicana, texto y contexto, eds. Antonia Castañeda Shular, Tomas Ybarra-Frausto, and Joseph Sommers (Englewood Cliffs: Prentice-Hall, 1972). Jose E. Limón, "La Llorona, the Third Legend of Greater Mexico: Cultural Symbols, Women, and the Political Unconscious," in Between Borders: Essays On Mexicana/Chicana History, ed. Adelaida R. Del Castillo (Encino: Floricanto Press, 1990): 399-432. Rudolfo A. Anaya, The Legend of La Llorona (Berkeley, CA: Tonatiuh-Quinto Sol International, 1984).
(6) The play is now entitled, The Hungry Woman: A Mexican Medea.
(7) From The Hungry Woman: Myths and Legends of the Aztecs, ed. John Bierhorst (New York: William Morrow & Co., 1984).
(8) Coatlicue's Call/ El llamado de Coatlicue (conceived and performed by Guadalupe García; written and directed by Cherríe Moraga), premiered at Theater Artaud in San Francisco, 25 October 1990. It was produced by Brava! For Women in the Arts.
(9) See my essay "En busca de la fuerza femenina," The Last Generation (Boston: South End Press, 1993): 73.
(10) Ibid., 72.
(11) Shadow of a Man is published in Heroes and Saints and Other Plays. Albuquerque, NM: West End Press, 1994.
(12) Ibid.
(13) Find Publishing Info for Shrunken Head.
(14) These concerns over the state of our art as Chicano/as -- for whom and for what purpose we write -- have plagued me over a decade. See "Art in América con Acento" in The Last Generation, op. cit., p.58-60.
(15) As the second edition Loving in the War Years went to press in June 2000, The Hungry Woman: A Mexican Medea has been completed, published, but remains unproduced. It .appears in a collection of plays entitled Out of the Fringe: Contemporary Latina/Latino Theatre and Performance, edited by Caridad Svich and María Teresa Marrero. New York: Theater Communications Group, 2000. It will also be collected in a volume of plays entitled Some Place Not Here: Five Plays by Cherríe Moraga, to be published by West End Press of Albuquerque, New Mexico in 2001.


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