Argentina: De la Certeza a la Incertidumbre
Haydée Birgin Reflexionar sobre el feminismo y su sentido es pensar nuestra propia historia y la manera en que los cambios atravesaron nuestra subjetividad y redefinieron nuestro quehacer político. Como movimiento político, el feminismo nació en el fragor de la lucha política y ha ido construyendo su pensamiento desde la práctica. No es un movimiento estático, sino que ha ido redefiniendo y adaptando sus formas de acción a la realidad social y política en la que actúa. (...) El feminismo 68 francés ("Cuando mejor se hace el amor, mejor se hace la revolución") marcó una generación que vivía en la ilusión de las certezas: creíamos en el progreso lineal y que el devenir de la historia nos garantizaba una sociedad libre de opresiones. Nuestras certezas, sin embargo, comenzaron a resquebrajarse: los setenta fueron la puesta en cuestión crítica de nosotras mismas y de nuestras tradiciones. De esas trizas, en esos años, renació un nuevo feminismo que se desarrolló y expandió en los ochenta. La "muerte del Sujeto" (S con mayúscula) nos arrojó a una multiplicidad de identidades como resultado del colapso de los espacios desde los cuales hablaba el sujeto moderno, universal y autónomo. La caída del muro de Berlín, el colapso del bloque del Este, la guerra civil en la ex Yugoslavia, el fin del apartheid en Sudáfrica trastocaron el escenario y produjeron conflictos y rupturas.
La Identidad Plural Quizá la imposibilidad fáctica de organizar las expresiones concretas de una subjetividad múltiple alrededor de un centro trascendental nos abrió la posibilidad de incluir la cuestión de la subjetividad y redefinir las nociones de democracia, libertad, igualdad, así como de deconstruir el término "mujer". Nadie es simplemente una mujer: se puede ser blanca, socialista, de clase media, madre o no. Actuamos en una pluralidad de contextos sociales y no es siempre una mujer en el mismo grado porque las identidades sociales de las personas no se construyen de una vez y para siempre, sino que, por el contrario, se van modificando. Reconocer la ambigüedad y la contingencia de toda identidad, aceptar que la categoría "mujer" no corresponde a ninguna esencia unitaria y unificadora implica preguntarnos cómo se constituye la categoría "mujer" como tal en los diferentes discursos, cómo la diferencia sexual se convierte en una distinción pertinente dentro de las relaciones sociales y cómo se construyen relaciones de subordinación a través de tal distinción. El falso dilema de "igualdad frente a diferencia" se derrumba desde el momento en que no tenemos una entidad homogénea "mujer" enfrentada a otra entidad homogénea "varón", sino una multiplicidad de relaciones sociales en la cual la diferencia sexual está construida siempre de muy diversos modos y adopta formas específicas. Aprendimos que las diferencias no son algo negativo y que es necesario reconocer la multiplicidad de elementos que constituyen las identidades, así como su contingencia y su interdependencia. Fue un duro aprendizaje. En este sentido, el pensamiento feminista tuvo un desarrollo paralelo al de otros campos del pensamiento en el trasfondo del debate modernidad / postmodernidad y deconstrucción del sujeto. Dejamos las certezas para pasar a la incertidumbre y, con ese punto de partida, empezamos a recuperar la riqueza, la diversidad y la creatividad de un movimiento que atravesó el siglo y que llevó a Norberto Bobbio a decir "que la única revolución de nuestro tiempo - revolución como efecto - ha sido la revolución feminista". Para el pensamiento feminista, aceptar que no hay sujeto de origen, sino que toda identidad se construye en relación y afirmando una diferencia tuvo consecuencias importantes en la definición de su estrategia. Así como deconstruimos nuestra identidad de mujeres, deconstruimos también la supuesta unidad del discurso feminista: el feminismo abandonó la pretensión de ser un discurso cerrado y sin fisuras, un todo sistemático y globalizado. Comenzamos, entonces, a preguntarnos qué feminismo y, más aún, qué feminismos. Comenzamos a hablar de feminismos más que de un feminismo porque el movimiento feminista se construye y cobra sentido en el entrecruzamiento de diversos discursos. (...) El reconocimiento de las diferencias conlleva la ruptura con viejos esencialismos que añoran un pasado ilusorio y suponen que despojar al feminismo de sus certezas y garantías es hacerle perder su sentido. En realidad, el feminismo siempre ha estado fragmentado. La unidad que existía se basaba en la ceguera de clase o etnia. Las únicas certezas eran nuestra indignación y nuestra rebeldía frente a la opresión, y la fe - aunque no siempre explícita - en el progreso, la revolución y la supresión de las clases.
El Fetichismo de la Ley Como el resto de la izquierda, durante muchos años, tratamos de eludir el verdadero problema político buscando una entidad que ocupara el lugar de "salvadora". Fue la "ilusión de lo jurídico" la que ocupó ese lugar. Algunos sectores del movimiento se aferraron a la ley - mejor dicho, a la legislación - otorgándole un papel primordial en la resolución de los conflictos sociales y la relación entre los géneros. En el fondo, aunque se explicite lo contrario, subyace la ilusión de que la contradicción entre los sexos se puede resolver a través de las leyes. La experiencia muestra, por el contrario, que se deben tomar en cuenta el procedimiento judicial, el papel de los operadores del derecho y, lo más importante, las reglas de formación del discurso jurídico, que entrelaza y criba otros discursos, como el de la Iglesia. La injusticia y la desigualdad que hoy experimentan la mayoría de las mujeres son parte de un sistema de opresión en el cual el Estado y la ley están implicados. ¿Significa esto abandonar la lucha legal? De ninguna manera, sólo contextualizarla. Mientras el Parlamento aprueba leyes de igualdad salarial o no discriminación, también sanciona leyes de flexibilización laboral, que borran de un plumazo conquistas sociales que datan de principio de siglo y tornan irrelevante la igualdad salarial. La difícil y contradictoria relación entre el feminismo y la ley nos coloca frente a un dilema: por un lado, la tradición nos exige un continuo compromiso con las reformas legales y, por otro, conocemos el papel que cumple la ley en la reproducción de la opresión de las mujeres. ¿Cómo traducir operativamente este saber? ¿Cómo dar forma política a este doble sentido de la ley, el de ser un medio de "liberación" y, al mismo tiempo, de reproducción del orden social opresivo? (...) Existe una creciente concientización de las mujeres acerca de "cuán pobre es la victoria y escasos los logros de las mujeres surgidos del empeño en que se reformen las leyes" (C. Smart). Los éxitos de la reforma de la ley y la consagración de la igualdad - lograda con el consenso de los partidos políticos democráticos - dejan paso hoy a una profunda decepción cuando se constata cómo estas leyes son erosionadas por la ausencia de políticas sociales que las sostengan. Para nuestras democracias, resultó sencillo consagrar la igualdad ante la ley en el rango constitucional o suscribir tratados internacionales. La situación cambia cuando se trata de igual derecho a la libertad y derecho a una igual libertad. El debate acerca del aborto es un ejemplo en el que la igualdad encuentra su límite en el ejercicio de la libertad. Los derechos sexuales y reproductivos, y en particular, la despenalización del aborto siguen siendo temas tabú. En estas cuestiones, la clase política responde atemorizada ante la cruzada de la Iglesia o las políticas del Vaticano. Mientras tanto, cientos de mujeres mueren por causa materna. La idea de normatizar la vida privada es una vieja rémora que arrastra el movimiento. Ante cada daño inflingido a las mujeres, la única respuesta que nos proponemos exigir es una ley que lo evite. (...) Mientras nosotras privilegiamos los parlamentos como espacios más sensibles para las demandas de las mujeres - lo que, además, es cierto -, las prioridades políticas se definen en otros espacios. Olvidamos, a veces, que nuestro objetivo es modificar el patriarcado, no reformar leyes. (...) Es una tarea pendiente en América Latina llevar a cabo estudios que evalúen el impacto de las reformas legislativas en la vida de las mujeres. En nuestros países, no se trata de crear nuevos derechos, sino de poder usarlos. Más que reformas de las leyes sustantivas, se requiere la modificación de los procedimientos y la creación de instancias para que los derechos puedan ser ejercidos.
Sosteniendo la Autonomía Hemos recorrido un largo camino. Es evidente que, en estas últimas décadas del siglo xx, se han registrado cambios significativos en las mujeres, sobre todo, como dice Eric Hobsbawm, "en lo que las mujeres esperan de sí mismas y en lo que el mundo espera de ellas en cuanto a su lugar en la sociedad". Esta ha sido la transformación más importante. (...)
Si el renacer del movimiento
feminista de los sesenta - en los países desarrollados y en ciertas
elites de los países latinoamericanos- se explica por la entrada masiva
de las mujeres madres en el mercado laboral y por la expansión de
la enseñanza, el protagonismo de las mujeres en los setenta y los
ochenta, la ampliación del movimiento social de mujeres y el aumento
de la conciencia sobre su papel público en los noventa no puede explicarse
sólo por razones económicas. No hay duda de que las mujeres
- a través de la extensión de su tiempo de trabajo - constituyeron
una En los primeros años de la década de los ochenta y ante la apertura democrática en la región, un sector importante del movimiento redefinió su acción. En el II Encuentro Feminista en Lima (1), comenzaron a discutirse los procesos de transición, el lugar de las mujeres y una política de cara al Estado. El Estado dejó de ser solo un blanco de pura impugnación para constituirse en un espacio de articulación con la sociedad. Era necesario, entonces, formular demandas para traducirlas en políticas públicas. (...) En este nuevo contexto, el feminismo dejó paso a la construcción de un movimiento social de mujeres, que - por lo menos en América Latina - incorporó a las mujeres de los partidos políticos y de las organizaciones populares. A las viejas demandas feministas se sumaron otras nuevas que responden a las necesidades de las mujeres frente a la profunda crisis económica que atraviesan nuestros países: exigencia de guarderías, servicios de salud, comedores, etcétera. La apertura democrática facilitó que las ideas feministas comenzaran a permear el entramado social y, desde distintos ámbitos de la cultura - encuentros de escritoras, filósofas, historiadoras -, las mujeres comenzaron a hacer oír su voz. El conjunto de la sociedad adoptó un vocabulario que estaba reservado a los cenáculos feministas - violencia doméstica, acoso sexual, delitos sexuales. La demanda de igualdad fue asumida por los partidos políticos, y los derechos de las mujeres aparecieron consagrados constitucionalmente. La legislación equiparó los derechos entre hombres y mujeres, se aseguró la participación de las mujeres en cargos electivos por medio de la Ley de cupos. En la ciudad de Buenos Aires, los derechos sexuales y reproductivos así como el derecho a ser diferente fueron consagrados en la Constitución. Se cumplió una etapa: las demandas democráticas del feminismo son hoy asumidas por los partidos políticos y parte de la agenda pública. En esta difícil relación del movimiento con el Estado, no siempre se pudo mantener iniciativa y autonomía. En muchos momentos, se confundió el Estado con el gobierno sin tener en cuenta que no todo gobierno puede llevar adelante políticas de género y que el contexto es lo que cuenta. Las desigualdades sociales han aumentado y se han profundizado, hay signos evidentes del deterioro económico, por lo que no basta con reconocer la igualdad. La pregunta sigue siendo: ¿qué igualdad? Resulta ingenuo pensar que, frente a la desocupación creciente, la concentración de la riqueza y el alejamiento del Estado de su responsabilidad social, la igualdad entre hombres y mujeres puede ser viable. Habría que preguntarse, además: ¿entre qué hombres y qué mujeres? Sin desechar la igualdad declarada en la ley - portadora de marcas valiosas de nuestra cultura y de conquistas obtenidas a través del esfuerzo y del sacrificio de muchos -, la igualdad efectiva reviste hoy en día un carácter tan subversivo como lo tuvo para Olympia de Gouges hace dos siglos, en la medida en que podamos vincularla con las políticas sociales y la redistribución del ingreso. Los procesos de internacionalización de la economía, el avance tecnológico y de los medios de comunicación contribuyeron a legitimar socialmente las demandas feministas y a colocarlas como tema en las agencias nacionales e internacionales. Esta circunstancia creó una nueva exigencia al movimiento: un mayor grado de profesionalidad para discutir en foros y convenciones internacionales, hacer propuestas concretas e incidir en las líneas de acción en el ámbito nacional. La contrapartida de este proceso ha sido la "ongización" del movimiento que, a veces, respondió más a las necesidades de las agencias financiadoras y de los gobiernos que a las propias, y que, en algunos momentos, perdió su carácter contestatario. El feminismo necesita redefinir su propuesta. Los cambios necesarios que afectan la relación entre hombres y mujeres, y sustancian esa relación, son hechos materiales y culturales que se enraizan donde no llega ley alguna. Defender la autonomía del movimiento no implica proponer el aislamiento, sino todo lo contrario. De lo que se trata es de articular nuestras diferencias con otras en un proyecto democrático y, en ese proceso, recuperar el sentido del movimiento. Un sentido que no puede estar fijado de antemano, sino que, por el contrario, consiste en la organización del sinsentido, en aprender a movernos en la incertidumbre. (1) Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, Lima, Perú, 1983. Haydeé Birgin. Abogada argentina, asesora del Senado de la Nación, ex jefa de la Unidad Planeamiento Subsecretaría de la Mujer (Gobierno Alfonsín); Directora Proyecto "El derecho en el género y el género en el derecho" (CEADEL/FORD). Artículo extractado de "Feminismos Fin de Siglo. Una Herencia sin Testamento." Especial de Fempress, diciembre de 1999. Para obtener la versión completa de este artículo, o acceder a los otros artículos de la publicación especial, dirigirse a la página web: http://www.fempress.cl. Translation from Spanish by Heather Batchelor |