|
En nombre
de los Derechos Humanos
El Big Brother se llamaba OTAN
"Hemos reafirmado nuestra decisión de actuar en conflictos étnicos
y religiosos más allá del territorio de los miembros de la OTAN",
anunció sin ningún eufemismo el presidente norteamericano, Bill
Clinton, el 25 de abril, al concluir en Washington la cumbre de celebración
de los 50 años de la OTAN. Esa decisión, que cambia definitivamente
las reglas de juego de las relaciones internacionales que regían desde
la Segunda Guerra Mundial, no sólo contó con el apoyo de los 19
países miembros de la Alianza Atlántica, sino que recibió
el aval de otros 40 países, presentes en la celebración de Washington,
integrantes del Consejo Euroatlántico, y benefició además
de la omisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, única
instancia legítima internacionalmente hasta ese momento para tomar decisiones
sobre la guerra y la paz.
Desde 1989, fecha de la caída del Muro de Berlín, y más claramente aún desde 1991, año de la desaparición de la Unión Soviética, la incertidumbre y los tanteos reinaban en las relaciones internacionales. Pasado el momento inicial de una euforia miope y poco inteligente del mundo occidental (festejando el triunfo del sistema capitalista), muchos creyeron -o así lo insinuaban- que era momento de poner fin a la Alianza Atlántica o de modificar su lógica. Muerto el perro (el Este) ya no tenían sentido las medidas defensivas contra la rabia (real o supuesta).
Razonar así era no contar con el "amigo americano". En pleno proceso de mundialización de la economía -sin duda, la dinámica dominante de la época-Estados Unidos necesitaba urgentemente elaborar un nuevo proyecto estratégico de seguridad que le permitiera seguir beneficiándose de la primacía política que le ha otorgado hasta ahora su poderío militar, único terreno en el que los europeos (y los japoneses) no tienen más alternativa que dar un paso atrás sin siquiera discutir.
Milosevic dió el motivo y Kosovo fue la oportunidad
Por primera vez desde su creación en 1949, la OTAN se lanzó a una guerra contra un país -la República Federal de Yugoslavia- que no había cometido ninguna agresión fuera de sus fronteras (a diferencia de la guerra contra Irak, bombardeado bajo el argumento de que había atacado a su vecino Kuwait). Por primera vez desde 1945, una capital europea fue bombardeada por fuerzas europeas en nombre del "deber moral" que supone la existencia de "principios humanitarios" superiores con respecto a la soberanía de los estados. Nació así una nueva jurisprudencia internacional que anuncia desde ya que "los intereses de seguridad de la OTAN pueden verse afectados por otros peligros de ámbito más amplio (que el geográfico), tales como actos de terrorismo, sabotaje y crimen organizado, y los problemas en el abastecimiento de recursos vitales", así como por "el movimiento incontrolado de grupos muy numerosos de población, sobre todo como consecuencia de conflictos armados", incluyendo también "condiciones de emergencia humanitaria", según establece el nuevo concepto estratégico de la OTAN aprobado en Washington. Traducido: casi todos los temas de conflicto del presente y el futuro, y en casi todos los escenarios geográficos. El mundo es uno, y ya no es ajeno. Se trata del principio del fin del concepto de "soberanía nacional", eje de las relaciones internacionales desde la Revolución Francesa, y también del principio del fin de la razón de existir del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y tal vez de las propias Naciones Unidas.
Ubicar los "valores comunes de la humanidad", es decir los derechos humanos, como valores superiores a todos los otros, se acompaña -necesariamente- de varios problemas de difícil dilucidación.
Uno: utilizar la fuerza para restablecer en el interior de un tercer país los derechos humanos implica el riesgo de sufrir bajas, lo que puede volverse dificilmente aceptable en la política interior de cada uno de los países miembros de la OTAN. De ahí el surgimiento de otra novedad en materia militar: la doctrina de "cero muerto" entre las fuerzas participantes, única garantía de que las opiniones públicas de cada uno de los países terminarán por tragar la poción. Porque ¿cómo convencer a los ciudadanos de países que no tienen ningún interés nacional en juego, de volverse los gendarmes de valores universales arriesgando más -como ser la vida de sus hijos- que lo que teóricamente pueden ganar? La guerra se vuelve sólo posible, entonces, en la asepsia de las computadoras. Casi un video-juego. "En la neo-guerra, pierde ante la opinión pública aquel que mató demasiado", dice Umberto Eco.
Dos: ¿Existen los bombardeos "éticos"? ¿En qué cuenta se ponen los "errores" y sus víctimas civiles? ¿Existe la guerra "justa" que provoca que todo un pueblo retroceda décadas en el esfuerzo del desarrollo? ¿Y qué pasa con el Medio Ambiente? ¿Cómo compatibilizar el bombardeo de las refinerías de petróleo con la lucha contra las nubes tóxicas que se desprenden? ¿Y qué destino tendrán los animales, cuando los pájaros prefieren romper sus huevos antes que empollar en medio de los bombardeos?
Tres: ¿Quién decide cuándo, dónde y por qué? ¿Quién decide cuándo no? Recurriendo a las reflexiones de un prestigioso intelectual alemán, Hans Magnus Enzensberger, el ministro del Interior de Francia, Jean-Pierre Chevènement, manifestó su rechazo a la guerra contra Yugoslavia: "La retórica universalista no hace diferencia entre lo próximo y lo lejano. La idea de los derechos humanos impone a todos y cada uno una obligación ilimitada por principio. Ella muestra así su nudo teológico, que ha sobrevivido a todas las laicisaciones. Cada uno es considerado responsable de todos. Ese deseo implica el deber de devenir parecido a Dios, porque es un deseo que supone la omnipresencia, léase la omnipotencia. Pero como todas nuestras posibilidades de acción tienen sus límites, la distancia entre exigencia y realidad no hace más que aumentar. Pronto uno llega objetivamente al fariseísmo, y el universalismo -moralmente- se revela ser una trampa. La moral es el último refugio del eurocentrismo". ¿Por qué no defender los derechos humanos de los kurdos? ¿O de los palestinos? ¿O de los tibetanos? ¿O de los sudaneses que mueren por hambruna? La hipocresía acecha tras el nuevo discurso de ingerencia humanitaria.
Cuatro: La defensa de los "valores universales" se vuelve prerrogativa de los fuertes. ¿Cómo practicarla cuando uno no tiene la fuerza militar suficiente? ¿Es posible imaginar a un país africano o a uno centroamericano interviniendo en Estados Unidos para proteger a los negros o a los latinos víctimas de violaciones de los derechos humanos? ¿O a un país del norte de Africa defendiendo los derechos de los emigrantes magrebinos en territorio europeo? Los "valores universales" se transforman de hecho, entonces, en los valores del más fuerte. Es el retorno legal, justificado, a la ley de la jungla.
Cinco: La declaración de los derechos humanos tiene 28 artículos, y entre ellos figuran el derecho al trabajo, a la vivienda, a la seguridad social, a la educación....¿Por qué no practicar un derecho de ingerencia social? Dentro de la Unión Europea existen decenas de millones de pobres. ¿No es eso una violación de los derechos humanos?
La guerra contra Yugoslavia inauguró una nueva era. Ahora todos sabemos que el siglo comenzó en 1914, con la Primera Guerra Mundial que se originó en los Balcanes, y terminó en 1999, con la primer guerra "humanitaria" ocurrida también en los Balcanes. La gran pregunta que todavía no tiene respuesta acabada es ¿quién ganó qué con esta guerra?
Sin duda Estados Unidos, que logró afianzar el papel de la OTAN y ampliar su campo de acción a prácticamente todos los "asuntos humanos". Tal vez en poco tiempo más se "descubra" que no son necesarios "cascos azules" de ningún tipo -viejo reclamo de las Naciones Unidas para poder cumplir con sus mandatos de paz-, porque la OTAN puede perfectamente desempeñar el papel de brazo armado de la ONU, es decir actuar bajo un paraguas consensuado, como forma de aplacar las dudas y los remordimientos de no pocos dirigentes socialdemócratas europeos (ex-68, ex-trostkistas, ex-maoistas, ex-pacifistas, etc), veteranos de la generación Flower Power y opositores violentos a la guerra de Vietnam.
Más difícil de desentrañar es la ganancia que supone haber obtenido con todo esto la Unión Europea. Desafiado desde la Segunda Guerra Mundial por el poderío económico, militar, tecnológico y cultural de Estados Unidos, el viejo continente había logrado hasta ahora mantener sin embargo su primacía en el terreno de la política, haciendo valer en no pocos de ellos su independencia y logrando ocupar la delantera con su proverbial sentido de la diplomacia y la negociación. Un papel por el que lucharon hombres como Charles de Gaulle y Winston Churchill y al que cuidaron rigurosamente, sin imaginar que compatriotas suyos como Tony Blair y Lionel Jospin abandonarían tan rápidamente. Tal vez lo único que por ahora aparece con cierta nitidez es que la Unión Europea ha logrado trasmitir a sus vecinos más pobres y más inestables, la convicción de que un muro protege la tierra del desarrollo, y que ese muro es infranqueable. Perseguidos por razones étnicas, víctimas de violaciones a los derechos humanos, o bombardeados, los habitantes del subdesarrollo a lo sumo se beneficiarán de "campos" en los que refugiarse transitoriamente. El nuevo orden también trae consigo un muro invisible, que protege de manera infranqueable el mundo de los opulentos. Sólo se lo puede admirar por televisión.
María Urruzola es periodista uruguaya.