quizás todavía no, quizás ya no
Preguntas sobre democracia de género

 

Christina Thürmer-Rohr

Una lucha alegre cuerpo a cuerpo de una mujer y un hombre que miden sus fuerzas, ambos iguales en absolutamente todo: igual de grandes, fuertes, jóvenes, enérgicos. De esta manera el afiche de la Fundación Böll anuncia el congreso sobre democracia de género. Mujeres y hombres en un equilibrio simétrico, la solución y disolución perfecta de la diferencia entre los sexos, sin referencia a algún otro elemento: ¿Acaso se trata de una visualización de la pretendida democracia de género? ¿Se representa un ideal, un objetivo o la realidad? ¿O estamos ante un provocador enunciado de igualdad? Por supuesto, el hecho de dar por sobreentendida la existencia de una relación en términos de igualdad podría ser un camino para alcanzarla.


¿Qué significa "democracia de género"?

No cabe duda acerca del valor pragmático y del carácter políticamente provocador del término "democracia de género", sobre todo cuando los destinatarios son los hombres. Resulta especialmente convincente el argumento de que la política tradicional de promoción y equiparación de la mujer no logró superar la ignorancia masculina. En su mayoría, los hombres no se dieron por aludidos por la cuestión de los sexos, presentada como "la cuestión de la mujer", no se sintieron responsables.

La democracia de género interpretada como un ataque a determinados monopolios de acción y pretensiones de representación exclusiva y como un cuestionamiento a las malas políticas es un ataque mucho más aceptado por parte de los hombres que el reproche de la misoginia. Hasta aquí estamos de acuerdo. Mis preguntas en torno a la democracia de género y el "gender mainstreaming" se refieren a la definición de género y democracia que subyace a esos conceptos.


¿Masculino igual femenino?

Los jóvenes ya no hablan de la igualdad de derechos, se toman los derechos, como demuestra por ejemplo un estudio sobre la juventud en Alemania. Según esta investigación, ya no se distinguen patrones de vida típicamente "femeninos" y "masculinos". Las diferencias dentro de cada grupo de género son mucho más grandes que aquellas entre los géneros.

Según un estudio piloto de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF) de 1998 para la mayoría de los profesionales de los derechos humanos el "género" es una variable a pasar por alto. El estudio revisó los debates, resoluciones y documentos de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, durante un período de sesiones, para detectar si las situaciones específicas de las mujeres fueron mencionadas y hasta qué punto. Por lo general, la perspectiva de las mujeres no se tenía en cuenta para nada.

Por supuesto, se podría argumentar que el estudio de la WILPF, la investigación sobre la juventud y el afiche de la Fundación Böll reflejan en el fondo la misma realidad: la diferencia de género es un tema pasado de moda, que además no merece ser tematizado, o que no puede o debe ser nombrado. Quizás todavía no, quizás ya no.

Desde 1995, con la incorporación sistemática de la cuestión de género ("gender mainstreaming"), un logro de la IV Conferencia Mundial de la Mujer de Beijing, se cambiaron inicialmente las prioridades. El término -reconocido también por la Unión Europea- se refiere a instrumentos y métodos para la institucionalización de la justicia de género. El "mainstreaming" parte explícitamente de la premisa de que existen diferencias, en todo el mundo, entre la situación real de mujeres y hombres, sin importar si las mismas tienen un origen natural o están vinculadas a cuestiones de poder. El "mainstreaming" insiste en la consideración sistemática de estas diferencias en todas las áreas de la política.


¿La norma debe ser la medida?

El término "mainstreaming" se presta a malentendidos importantes. Desde una perspectiva feminista‚ "mainstream" fue una mala palabra hasta los años '90. "Solamente los peces muertos se mueven con la corriente", se decía. El feminismo no quería ser un movimiento de la corriente general, sino una crítica radical, luchaba contra las normas para rechazar cualquier pretensión definitoria respecto al camino correcto. Sin embargo, "mainstreaming" se usa cada vez más como sinónimo de que las mujeres deberían sumarse a la corriente general ("mainstream") o deberían ser integradas a ella. Esta tendencia "de los márgenes hacia el centro" marca una dirección, pero también una crítica, que califica de contraproducente e inaceptable cualquier alejamiento, o peor aún, distanciamiento separatista. La norma se convierte en la medida de lo deseable y logrado, no aparecen contradicciones entre el objetivo y el camino, solamente las preguntas prácticas quedan por resolver: ¿Qué mecanismos de realización, control, evaluación, entrenamiento y sanción se implementarán? El "mainstreaming" en estos términos contrarresta cualquier intento de pensamiento interventor.

Conforme con la norma de la corriente general, quienes asumen posiciones marginales o son minoría tienen un aire sospechoso o por lo menos provisorio y deficitario. La fascinación por la corriente general convierte las desviaciones en anomalías, se orienta en los valores prefijados, establece los límites superior e inferior de la desviación y degrada a todas las desviaciones a los niveles de "todavía insuficiente" o "caso perdido". La corriente general ofrece seguridad a sus adherentes, los demás tienen mala suerte.


El peligro de los conceptos

Probablemente tendremos que aceptar que la democracia de género y el "mainstreaming" representan ideas contradictorias en sí, además de no interesar a muchas mujeres. Porque de hecho no hay nada más natural que la reivindicación de que las mujeres deben recibir la misma consideración como todas las demás personas, y hace décadas el feminismo ya ha dicho todo lo pertinente al respecto. Resulta más importante plantear la pregunta acerca de los eventuales peligros vinculados a estos conceptos.

En setiembre de 2000 se llevó a cabo un plebiscito en Suiza para reducir el porcentaje de extranjeros en el país al 18%. Fue la voluntad expresa sobre todo de las mujeres integrantes del partido de la derecha, Partido Popular Suizo (SVP). Sobre la base de los resultados de encuestas de opinión, estimaron que la iniciativa por la reducción del porcentaje de extranjeros recibiría mayor aprobación entre las mujeres que entre los hombres ya que, decían, las mujeres tenían experiencias con el acoso en las calles, los supermercados y las discotecas. El ejemplo ilustra la posible vinculación de una determinada política de la mujer con la política de la derecha hacia los extranjeros, es decir el intento de imponer una política xenófoba en nombre de las mujeres y sus aliados. En el mismo sentido, el secretario general de la derechista Unión Social-Cristiana (CSU) fundamentó en los intereses femeninos su oposición a una política liberal de inmigración. Todo un protector de las mujeres alemanas, alertó sobre el supuesto retraso considerable de su emancipación a raíz de la presencia de las extranjeras no emancipadas, quienes visten pañuelos de cabeza y caminan a cinco metros de distancia de sus maridos.

¿Podrán ser contrarrestadas alianzas de este tipo por la "democracia de género"? El término implica un reclamo contra la falta de democracia, sin embargo, paralelamente podría convertirse en expresión de falta de democracia él mismo, cuando aisla una relación social, el género, de su contexto. Es decir, cuando las relaciones de género se aislan del contexto de lo político para constituirse en lo central a democratizar, relegando otras injusticias a un plano subordinado. La democracia de género no tiene en cuenta el hecho de que la justicia debe referirse a todos, y fundamentalmente, a la interrelación entre todos.

Muchas veces, las discriminaciones sufridas sirven de legitimación para aislarse de la discriminación sufrida por otros. A modo de ejemplo, muchas demócratas de género demuestran una preocupación inferior por las actividades racistas y sus consecuencias para las víctimas (hombres en su gran mayoría) que otras personas, quienes se definen sencillamente como "demócratas". Al parecer, la oposición contra lo no tolerable se resume en la solidaridad con las mujeres.


Conceptos peligrosos

Nos guste o no, el concepto de la democracia de género tiene su fundamento en la constatación de identidades específicas de género. Yo soy una "mujer", tu eres un "hombre", y como mujer y hombre nos sentamos frente a frente, a la misma altura. De esta manera mantenemos nuestra definición a través del género. No nos une nuestro interés en otro asunto, sino nuestra supuesta identidad de un determinado sexo/género. El hecho de ser "mujer" se convierte en la causa de mis actos y opiniones, aparezco como una especie humana posible de definir, mi especie es idéntica con la mitad de la humanidad. Lo diferente se llama "sexo/género", "raza" o etnicidad. Sobre esta base de pensamiento, las diferencias producto del ejercicio del poder, cambian su carácter para convertirse imperceptiblemente en otras fijas que ya no admitirán otra opción que la tolerancia.

La idea de la democracia parte de las/los ciudadanas/os como portadoras/es de opiniones y convicciones, como representantes de intereses, no como propietarias/os de identidades. La categoría de sexo/género no es una categoría de intereses. El sexo/género no es un interés. Por eso las cosas son tan difíciles. Las mujeres no son una asociación unida por intereses idénticos, y menos todavía los hombres. Está claro: hay mujeres de extrema derecha, ricas y pobres, exitosas y resignadas, mujeres integradas y otras marginadas. Hay víctimas y victimarias, la mujer en tanto objeto de injusticias es capaz de cometer actos injustos; no es solamente el producto, sino también productora de una sociedad injusta.

La democracia no es una institución para establecer equilibrios formales, no implica la obligación de mantener un equilibrio de opiniones políticas, ni mucho menos uno de grupos de identidad. Significa más bien la obligación de asumir un proceso de búsqueda de soluciones negociadas complejo, muchas veces largo, entre participantes con peso diferente. Ningún diálogo político busca el equilibrio, no lo plantea como un requisito previo ni lo puede garantizar o producir. Porque los diálogos son procesos incalculables. Las perspectivas de aquellos que no fueron percibidos previamente, abren el camino hacia nuevos razonamientos y nuevas decisiones y de esta forma crean nuevos desequilibrios. El enfoque de la democracia de género convierte los cambios de posición de este tipo - una parte central de lo político - en un factor subordinado, si es que lo tiene en cuenta. Porque este enfoque apunta hacia la obligación moral y política de establecer un equilibrio formal según sexos. En principio se podría estar de acuerdo con la intención de transformar el concepto tradicional de democracia, que no se mostró para nada eficiente para lograr el objetivo de la justicia. Entonces el feminismo desembocaría en una revisión radical del concepto tradicional de democracia. Con consecuencias, porque de forma análoga tendríamos que reclamar democracias de razas, de culturas, de etnias, de clases. o por lo menos no nos deberíamos oponer a que una visión de la política basada exclusivamente en el sexo/género se convierta en la entrada de un sinfín de identidades. Todas/os tendrían que representarse a sí mismas/os, nadie podría representar a otra persona. Y los horizontes respectivos se podrían limitar a este yo misma/o, sin ningún problema de conciencia. Esto sería el fin de lo político.

Si insistimos en la diferencia entre todas y todos, si no abandonamos la pluralidad como base de lo político y si reclamamos la pluralidad también para el sexo femenino, tan necesitado de unidad, las limitaciones y ataduras de la democracia de género quedan expuestas con absoluta claridad. Pero necesitamos determinados lenguajes de poder, para reconocer y superar la producción económica, cultural y política de la inequidad y la injusticia. La democracia de género podría servir como un lenguaje de poder, aunque solamente preliminar, adoptado por necesidad. No puede ser más que un camino pragmático, una estrategia pasajera, una provocación e inversión consciente; nunca podrá ser un principio político ni una guía directriz para fundamentar el pensamiento político y orientarlo a largo plazo. Es por esta razón que hasta el momento la idea no ha logrado convencer verdaderamente a muchas interesadas, queda la sensación de malestar y debemos estar atentas.


Christina Thürmer-Rohr es profesora en Berlín (Alemania).

El texto es una versión abreviada de su conferencia en el congreso sobre democracia de género de la Fundación Heinrich Böll, en noviembre de 2000.

Traducido del alemán al español por Dieter Schonebohm

home      email