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abriendo puertas,
cerrando heridas
El sida y la escuela
Fernando Seffner
La escuela es lugar de información. En ella están presentes todas las áreas del conocimiento, de forma ordenada, constituyendo un "currículo", un trayecto a ser recorrido por el alumno. Esta trasmisión de la herencia cultural de la humanidad, en la sociedad occidental, es tarea esencial de la educación y puede ser vista como un proceso de "introducción" del alumno a una determinada tradición cultural. La escuela es, en ese sentido, una institución que auxilia en la constitución de la identidad histórico-social del individuo.
La escuela es un conjunto de relaciones sociales y humanas... El camino que un individuo hace dentro de ella, tiene que ver con los vínculos que establece, las "tribus" con las que se identifica, las relaciones sociales que construye a lo largo de los años, los enamoramientos, las peleas, los enfrentamientos y las alianzas con colegas y profesores y los valores morales con los que entra en contacto. De esta forma la escuela colabora en la formación de la identidad del individuo.
Además de los saberes clásicos y tradicionales, la escuela sufre el asedio de otros saberes, que deben ser enseñados. Nuevos temas y problemas surgen todos los días, y no faltan las presiones para que la escuela se encargue de ellos. La violencia es uno de los serios problemas de hoy en día, entonces se sugiere que debe ser discutida y tratada en la escuela. ¿El tránsito es causante de muertes? Se sugiere, entonces, que la escuela tenga un espacio en su currículo para abordarlo. ¿La sexualidad adolescente es explosiva y las familias tienen dificultades para lidiar con esto? Nada mejor que delegar esta tarea a la escuela, creando una disciplina de educación sexual. ¿Los derechos humanos no están siendo respetados? Créese entonces un "tema transversal" abordando esto en la curricula escolar.
Este asedio es interminable y, en nuestra opinión, la escuela debe acoger esas demandas, dividiendo la responsabilidad con otras instituciones y actores sociales siempre que sea posible. No basta con transmitir información en estos temas, incluso porque hoy en día las informaciones "envejecen" rápidamente. Si es cierto que la "información es poder", infelizmente el alumno está sepultado por toneladas de información que en nada le ayudan a entender el mundo ni a moverse en él de manera inteligente. En general, la escuela pasa mucha información, pero no enseña a pensar. El alumno "sabe", pero "no sabe decir", entonces es como si no supiese.
La problemática del SIDA es uno de estos temas emergentes que queda parado en las puertas de las escuelas pidiendo para entrar y ser discutido. Esto provoca temores en muchos profesores porque junto con el SIDA acostumbran venir una serie de asuntos polémicos y embarazosos: sexo, drogas, homosexualidad, promiscuidad, muerte, enfermedad, agonía, pecado, discriminación. Incluso, aunque el tema ingresara en la escuela, podríamos plantear una serie de preguntas: ¿El SIDA debe ser abordado como una "materia" nueva dentro del currículo? ¿Será suficiente si se trata como un punto dentro del programa de la disciplina x o y? ¿O el SIDA dice mucho más con relación a la escuela en el sentido de las relaciones humanas y sociales que allí se dan?
El trabajo educativo de prevención del VIH, para ser eficaz, debe partir del conocimiento desde varios caminos, representaciones y valoraciones del SIDA en el país y entre los adolescentes. La práctica educativa debe respetar la diversidad socio-económica, cultural y religiosa tomando en cuenta las particularidades de comprensión y relacionamiento con el VIH. Partamos de qué cuestionamientos y conocimientos relativos al SIDA ya habitan el espacio escolar.
SIDA, adolescencia y vulnerabilidad
Las estadísticas de SIDA muestran cada vez más clara la tendencia al aumento de casos en edad más joven. Entre 1983 y 1985, la edad media de los individuos infectados por VIH fue de 46 años. En los años de 1994 a 1997, esta media quedó situada en los 34 años. Teniendo en cuenta que el período medio entre la infección y el estado clínico final, caracterizado por la aparición del SIDA, puede ser de 8 a 10 años, el momento de la infección podría estar produciéndose al final del período adolescente.
En el caso de Rio Grande do Sul, aproximadamente el 30% de los infectados, tanto de sexo masculino como femenino, está situado en la faja etaria de 20 a 29 años, lo que indica el momento de la infección en la etapa anterior, en la adolescencia. Esta situación está claramente relacionada con la actividad sexual, la forma de trasmisión más importante del VIH.
La adolescencia aparece entonces como un momento muy importante de vulnerabilidad. Paralelamente, se verifica que el padrón de trasmisión sexual también cambió entre los adolescentes, acompañando la tendencia de otras franjas de edad. Hasta 1986, la totalidad de casos de trasmisión sexual ocurrían en homosexuales o bisexuales masculinos. A partir de 1991, pasaron a predominar los casos asociados a trasmisión heterosexual.
El avance en el número de casos notificados, la lucha de organizaciones no gubernamentales, el crecimiento de las investigaciones y otros factores apuntaron a una nueva constatación: todos podían infectarse del VIH, bastaba que hubiese comportamientos de riesgo. O sea, si no se utiliza preservativo en una relación sexual, cualquier persona puede adquirir el VIH, independiente de su orientación sexual, género, color, situación económica y cultural, perteneciendo o no a un determinado grupo.
De la modalidad de grupos de riesgo se pasó a la modalidad de comportamientos de riesgo; todo se resume en una cuestión individual: me cuido o no me cuido. Sin tener en cuenta las historias de vida, los determinantes de género, clase social y económica, acceso a bienes culturales y posibilidades de información. Si alguien se infecta de VIH es exclusivamente su culpa, porque adoptó un comportamiento de riesgo. Pobres y ricos, adultos y adolescentes, alfabetizados y analfabetos, hombres y mujeres, todos son iguales frente a la enfermedad.
La mayor parte de la población lidia actualmente con el SIDA adoptando una postura que pasa por la combinación de los dos modelos mencionados. Por ejemplo: un hombre casado mantiene relaciones sexuales con una mujer fuera del matrimonio, no usa condón pero sabe que ella es una mujer también casada, por lo tanto distante de los grupos de riesgo, de allí que no se preocupe mucho por haber tenido un comportamiento de riesgo. Ese mismo hombre, si recurre a los servicios de una prostituta, usará condón porque una prostituta forma parte de uno de los grupos de riesgo. Y así la mayoría de las personas van por la vida, adoptando o no medidas de prevención, juzgando cada caso con criterios que varían enormemente. Diversos informes de investigaciones, noticias de periódicos, comentarios en los medios y en los servicios de salud, han demostrado que el adulto que se relaciona con adolescentes no encuentra necesario usar preservativo, dado que los adolescentes no son un grupo de riesgo, no son vistos como potencialmente peligrosos.
En los últimos años el concepto de vulnerabilidad, es una categoría importante para medir la exposición de cada persona y de cada grupo al SIDA. La vulnerabilidad de una persona a un agravio, está determinada por una serie de circunstancias que pueden ser ordenadas en tres factores:
1.
Aquellos factores que dependen directamente de las acciones individuales,
configurando el comportamiento de la persona, a partir de manifestar un
determinado grado de conciencia.
2. Aquellos factores que provienen de las acciones comandadas por
el poder público, las iniciativas privadas y las instituciones de
la sociedad civil, en el sentido de disminuir las posibilidades para la
ocurrencia del agravio.
3. Un conjunto de factores sociales que hablan de la estructura disponible
de acceso a informaciones, financiamientos, servicios, bienes culturales,
libertades de expresión, etc.
La definición clásica de esos tres componentes, hecha por profesionales de la salud, con sus ojos puestos en el SIDA, contempla los siguientes elementos:
"En el plano individual, la evaluación de la vulnerabilidad se ocupa básicamente de los comportamientos que crean la oportunidad de infectarse y/o enfermar. Pero, los comportamientos asociados a la mayor vulnerabilidad no pueden ser entendidos como consecuencia inmediata de la voluntad de las personas, sino que se relacionan con el grado de conciencia que las personas tienen sobre los daños que pueden producir tales comportamientos y el poder de transformación efectiva de los mismos, a partir de esa conciencia.
En el plano programático se refiere a la existencia de acciones institucionales específicamente dirigidas a las problemáticas del SIDA y la vulnerabilidad es entendida aquí por aspectos como: a) compromisos de las autoridades locales para enfrentar el problema; b) acciones efectivamente propuestas por esas autoridades; c) coordinación interinstitucional e intersectorial (salud, educación, bienestar social, trabajo, etc.) para una actuación específica; d) planificación de acciones; e) gerenciamiento de esas acciones; f) capacidad de respuesta de las instituciones involucradas; g) financiamiento adecuado y estable de los programas propuestos; h) continuidad de los programas; i) evaluación y retroalimentación de los mismos.
En el plano social, la vulnerabilidad viene siendo medida a través de aspectos como: a) acceso a información; b) cantidad de recursos destinados a la salud por parte de las autoridades y legislaciones locales; c) acceso y calidad de los servicios de salud; d) comportamiento de los indicadores epidemiológicos, como el coeficiente de mortalidad infantil; e) aspectos socio-políticos y culturales, como la situación de la mujer (menos salarios, ausencia de legislaciones de protección específica, exposición a la violencia, restricciones en el ejercicio de la ciudadanía); f) grado de libertad de pensamiento y expresión, siendo tanto mayor la vulnerabilidad cuanto menor la posibilidad de esos sujetos de hacerse oír en las diversas esferas decisorias; g) grado de prioridad política (y por lo tanto, económica) dada a la salud; h) condiciones de bienestar social, como vivienda, escolarización, acceso a bienes de consumo, entre otros." (1)
Diálogo e investigaciones
El transcurso de la investigación, permitió llegar a algunas consideraciones acerca de cómo estimular la prevención del SIDA entre los adolescentes del Centro Educativo La Salle (2):
1.
El conocimiento adecuado no genera, necesariamente, actitudes permanentes
de prevención, haciendo necesaria la construcción de un ambiente
interactivo, donde los adolescentes puedan dialogar sobre el tema,
operacionalizando ese conocimiento en actitudes de cuidado de sí y
de su pareja.
2. Son necesarias las investigaciones permanentes y de
acompañamiento para que se pueda analizar el comportamiento socio
cultural y sexual de la población adolescente.
3. El intercambio de experiencias con otras instituciones y profesionales,
vinculados a esta temática en el país, se configura como la
fuente para recoger datos y profundizar el trabajo de investigación.
4. Los resultados de la investigación no pueden ser generalizados
de manera inmediata y simple, al conjunto de los adolescentes, sirviendo
tan solo para revelar una situación específica, pero sí
pueden aportar a la construcción de mejores indicadores de
situación.
(1) Ayres, José R. "AIDS, vulnerabilidade e prevençâo".
Rio de Janeiro, II Seminário Saúde Reprodutiva em Tempos de
Aids, 1997.
(2) Proyecto de investigación con adolescentes del Centro Educativo
La Salle, escuela de 1er y 2º grado de Canoas, Brasil.
Fernando Seffner es profesor de la Facultad de Educación de
la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil.
Este artículo fue extractado y editado por Lilián Abracinskas, del trabajo del autor, publicado en "Cuadernos Educaçâo Básica Nº4, Salud y Sexualidad en la Escuela", Dagmar E. Estermann Meyer, organizadora, Porto Alegre, 2000.
De lo que no se habla
Esta
investigación fue realizada en el Centro Educativo La Salle, escuela
de 1er. y 2º grado de Canoas, Brasil. El proyecto se inició en
1996, y su objetivo es identificar elementos de vulnerabilidad de los
adolescentes con relación al SIDA, girando en torno a temas como
sexualidad, drogas y embarazo. En un comienzo el énfasis estuvo en
la óptica cuantitativa lo que permitió delinear los principales
contornos del escenario. Luego, entre los informantes voluntarios, fue posible
iniciar un trabajo cualitativo.
Se elaboró una encuesta anónima, autoaplicable, dividida en
5 módulos:
1. Caracterización del alumno (edad, sexo, vivienda, mensualidad,
trabajo, algunos hábitos y gustos, locales de frecuencia preferida,
vida cultural, relación con la casa, la familia y la escuela)
2. Sexualidad (características de la vida sexual, preferencia
sexual, desempeño sexual, virginidad)
3. Embarazo (conocimiento de los aspectos biológicos, temores,
cuidados)
4. Drogas (conocimiento, uso y opiniones)
5. SIDA (conocimiento biológico, preconceptos y prejuicios,
medidas de prevención, reconocimiento de otras enfermedades sexualmente
trasmisibles, características sociales de la epidemia).
El cuestionario
fue respondido por 814 informantes, 314 varones y 500 mujeres, entre 15 y
17 años. La casi totalidad (98%) vive con su familia y casi el 40%
con mensualidad de sus padres. Sólo el 12% declaró trabajar.
El 20% respondió que ya había fumado marihuana y del 80% que
dijo no haberlo hecho, agregaban: "no todavía", "no tuve aún
la oportunidad", "no, pero con seguridad voy a fumar ". En cuanto a drogas
inyectables, el 99% respondió que no usaba y las respuestas eran:
"no hay que usarlas"; "es equivocado", "es claro que no", "nunca".
En las preguntas sobre sexualidad, si bien hubo un porcentaje que se abstuvo
de responder, el 45% afirmaba ya haber ingresado a la vida sexual (40% de
mujeres y 60% varones) contra un 55% que aún eran vírgenes.
En cuanto al SIDA, los alumnos tenían un elevado grado de
información sobre origen, modalidades de trasmisión, medidas
preventivas y tratamiento. Cuando se les preguntó cuántos
habían usado preservativo en la última relación sexual
mantenida, un total de 44% declaró no haber usado contra el 56% que
sí. Pero cuando se indagó sobre las últimas 5 relaciones
sexuales, sólo el 36% había utilizado condón, siempre.
Y, ante la pregunta de con quién hablan sobre el tema, la mayoría
respondió que no lo conversaban con nadie.