Contra el miedo, cosmética
Resistencia de mujeres en Argelia

 

Bettina Rühl

Todas las sillas frente a los espejos de la peluquería 'Kahina' están ocupadas, mientras varias mujeres están esperando su turno. También las cosmetólogas de la sala contigua tienen trabajo de sobra: las depilaciones de piernas, limpiezas de cutis, manicuras y pedicuras forman parte de la oferta del salón. El negocio marcha bien; algunos días se atiende a 40, y hasta 50 clientes. Las mujeres se acercan, a pesar de las amenazas de muerte de diferentes grupos islámicos armados, quienes ya han asesinado a varias peluqueras; es que en opinión de los islamistas radicales la cosmética y los cuidados de belleza forman parte de un estilo de vida considerado occidental y desdeñable. A pesar de las amenazas Salima Hamouda (1) nunca pensó en abandonar su profesión de cosmetóloga; aclara que ésta es su forma de ganarle al terror.

Opina que las clientes reaccionaron de forma similar: Hoy las mujeres se preocupan más por su belleza que antes, tenemos más clientes. Las clientes son mujeres profesionales quienes dedican media hora de su escaso tiempo libre a la peluquería, pero también amas de casa y estudiantes que se quieren ver lindas todos los días o en ocasión de una fiesta familiar. La mayoría se viste con vaqueros o a la parisienne, pero algunas clientes dejan su velo en la entrada, antes de empezar el tratamiento con su cosmetóloga. Vienen para hablar, cuenta Salima, para discutir. Hay muchas mujeres, que están hartas de la situación y que vienen acá para desahogarse. Para ponerse linda y para hablar. Antes, las mujeres hablaban fundamental-mente sobre su familia, la moda o las recetas de cocina. Hoy hablan mucho sobre el terro-rismo.

Fatma también vino para hablar. La secretaria de 26 años tiene su día libre y visita a su amiga Salima. Hace dos meses que las dos se encontraron por última vez, dado que Fatma tiene poco tiempo. Trabaja, ayuda a su madre en la casa y hace un curso nocturno de capacitación en informática. La joven mujer quiere vivir plenamente. Sin embargo, la expresión tensa de su cara delgada da cuenta de que le cuesta defender esta postura. Cada vez que me entero de un atentado, de que otra vez explotó una bomba, la vida termina para mí. Fatma habla en voz baja, como si quisiera que la muerte no la afectara tanto. Quizás sea demasiado sensible, pero no puedo actuar como si no pasara nada. De veras, ya no tengo ganas de vivir, cuando pienso en la cantidad de muertos. Cuando me entero que asesinaron a una amiga o un amigo, ya no puedo vivir, apenas logro sobrevivir. Vivir, para mi significa sentirme libre internamente. Vivir significa amar, no esta guerra.

Según informaciones de periodistas argelinas, los fundamentalistas islámicos asesinaron a alrededor de 600 mujeres durante los últimos cuatro años, probablemente porque su forma de actuar no se ajustaba a su versión radical de lo islámico: No vestían el velo, seguían yendo al colegio o trabajaban. El terror de los grupos clandestinos armados no se inició recién a la hora de la interrupción de las elecciones; han perpetrado atentados mortales contra mujeres argelinas desde el verano de 1989. En junio de es te año incendiaron la casa de una mujer, por el hecho de ser divorciada. Su hijo de tres años murió en las llamas. Un mes más tarde, un islamista quemó viva a su propia hermana porque se había negado a abandonar su empleo. Estos atentados fueron solamente el comienzo, desde entonces el terror se ha vuelto cada vez más arbitrario. Han sido víctimas de los grupos armados, estudiantes con velo y niñas creyentes, amas de casa y religiosos. Transeúntes y civiles siguen muriendo en las explosiones de los coches bomba.

De acuerdo a informaciones de periodistas argelinos grupos armados han secuestrado, violado y mutilado a cientos de niñas y madres. En sus campamentos clandestinos estos grupos man-tienen secuestradas a mujeres de todas las edades; muchas de ellas son violadas varias veces por día durante meses. Cuando las mujeres oponen resistencia, son torturadas o asesinadas. Con el correr de los años, el lugar de los sueños de Fatma ha sido ocupado por las pesa-dillas; éstas se repiten tantas veces que Fatma se cansó de hablar de ellas. Sin embargo, continúa su vida, trabaja, hace las compras, y cuando va a la escuela nocturna persigue su sueño de la infancia: formarse como analista de sistemas.

En la galería de compras del monumento a los mártires de Riad el Feth encontramos a niños jugando, sus madres se sentaron cerca de ellos. El griterío y las risas se propagan por el edificio de varios pisos y se mezclan con la música tradicional de los televisores y la música pop occidental que llega desde los cafés del piso superior. No solamente las madres van al Riad el Feth; también hay mujeres jóvenes quienes se quieren encontrar con sus amigas o su novio en uno de los cafés o una discoteca. Las mujeres no tienen miedo; manifiestan retiradamente, que el lugar está muy tranquilo. Vida cotidiana en Argel: La gendarmería paramilitar controla la calle de acceso al Riad el Feth, en la entrada se revisa las car-teras. Los cafés, restoranes y discotecas se encuentran dentro de esta zona de seguridad.

Las mujeres tienen tiempo suficiente para pasar las tardes acá. En Argelia las mujeres con empleo como Fatma y Salima son la excepción; en todo el país solamente 360.000 mujeres tienen un trabajo remunerado, menos de 8 por ciento de la población activa. Son pocas las profesiones en que tienen una presencia palpable: Uno en cada dos médicos es una mujer, y las juezas llegan a 25 por ciento de todos los magistrados. Pero 60 por ciento de las argelinas no saben leer ni escribir. Además, de acuerdo a la Ley de Familia de 1984, la mujer está obligada a obedecer al marido. Necesita la autorización de un tutor para poder casarse, se permite la poligamia, y las posibilidades de obtener el divorcio son mínimas. Desde que empezaron a correr los primeros rumores acerca del contenido de la ley, las argelinas manifestaron y protestaron contra la reforma. Finalmente, el presidente Liamine Zeroual, cedió a la presión y anunció, en mayo de 1996, que algunos artículos de la ley serían reformados o suprimidos.

El movimiento independiente de mujeres tiene sus raíces en la protesta contra esta legis-lación familiar. Después de la caída del sistema de partido único del FLN (Frente de Libe-ración Nacional),y en el marco de la democratización a partir de 1988, las mujeres pudieron formar asociaciones legalmente. Desde entonces han surgido docenas de grupos e iniciativas, cuyo compromiso principal sigue siendo la lucha contra la legislación de familia. Para ellas es más que una cuestión de mujeres : Qué es la Ley de Familia? Es la institución, que for-malizó la alianza entre el FLN y los islamistas, juzga la feminista Khalida Messaoudi. Los socios del pacto de aquel entonces se enfrentaron conjuntamente a la oposición democrática. Messaoudi y otras activistas insisten en que, desde hace tiempo, esta alianza nefasta ha preparado el terreno para la crisis actual y la violencia física contra las mujeres. Hoy, las argelinas luchan en las dos frentes, contra la violencia de la ley y contra el terror de los islamistas. Su arma más importante en esta lucha desigual es la resistencia diaria contra el miedo: cuando se organizan en asociaciones, cuando decenas de miles manifiestan contra la violencia, cuando van al trabajo todas las mañanas y mandan sus hijos al colegio, a pesar de las amenazas de los grupos islamistas armados. De esta forma ellas no solamente afirman su propia vida, sino también la de su país.

En la zona de Belcourt la calle pertenece casi exclusivamente a los hombres. Belcourt es uno de los llamados quartiers chauds, un barrio que arde. Estos vecindarios densamente poblados y pobres son los centros de los islamistas. Aún así, la vida bulliciosa en las calles no se detiene. Los comerciantes mayores exponen ollas, fuentes y rapé, mientras los jóvenes venden pantalones vaqueros o champeones, remeras o walkmen; casi nadie ofrece más que un artículo. No encuentran otro trabajo: 65 por ciento de los jóvenes son desocupados. Y los jóvenes son la mayoría, dos tercios de la población argelina tienen menos de 30 años. Antes de las elec-ciones de 199l, el Frente Islámico de Salvación, el FIS, reclutó sus partidarios sobre todo entre estos jóvenes. Sin embargo, desde que el terror abierto ha sustituido a las promesas de salvación, muchos dieron la espalda a los islamistas. Es un lugar común que casi no quedan familias en el país que no tengan que lamentar un muerto.

Siguen teniendo su vida cotidiana, a pesar del miedo y de la tristeza, y para Selia, de 39 años, la atención con su cosmetóloga forma parte de esta cotidianeidad. Al principio, cuando comenzaron los atentados, teníamos miedo, es algo legítimo y muy normal, explica la madre de tres hijos, casi como si quisiera pedir disculpas. Esperamos que esto se terminara pronto, pero no paró. Entonces, deberíamos nosotras dejar de vivir? Es algo imposible, y por ello seguimos. Vivimos como antes. Agrega que antes no iba a determinadas ferias muy concurridas, por miedo a posibles atentados. Cuando tenía que comprar algo, me fui al almacén más cercano para volver a casa lo más rápido posible. Hoy ya no me importa. Voy adonde quiero ir. El miedo ya no la domina. Tampoco influye en su forma de vestirse. Nos negamos a aceptar un estilo de vida que no es el nuestro. Es cierto que, en un principio, todas pensamos en irnos del país. Pero nos une tanto con Argelia, hemos vivido tantos momentos de felicidad en este país que nos queremos quedar y resistir al terror.

(1) Nombre cambiado

Bettina Rühl es periodista, vive en Cologna / Alemania.

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