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De donde yo vengo.
Belgrado - Feministas lesbianas viviendo en tiempos de guerra
Lepa Mladjenovic
Yo vengo de un país en guerra. Donde de todos lados parecen haberse puesto de acuerdo para hablar el mismo lenguaje y donde violación en guerra significa habitualmente la violación y el asesinato de mujeres de la vecindad. Cien mil personas muertas, diez veces más lesio-nadas. Cinco millones de personas desplazadas.
En los tiempos de guerra la imagen de amor - aparte de ser heterosexual - significa la reproducción de la nación-patria. La imagen de sexo - aparte de ser heterosexual con mucha pornografía, violencia y películas de Hollywood mostradas en la tele - significa violación.
Hablo con
mujeres que me cuentan las violaciones sufridas en cárceles privadas,
en chozas de soldados, en bodegas militares y campos de concentración.
Sus almas sin hogar y su coraje me persiguen en la noche. En la mañana
dan el marco político a mi trabajo y nuevas fuerzas a mi voluntad.
En los tiempos de guerra el amor lésbico no tiene lenguaje. "Out
Lesbians" tiene que tragarse sus propias palabras. Cada palabra sobre la
existencia lesbiana es interpretada como profana desacralización a la
pena de los sobrevivientes. Por eso, donde yo vivo no existe el fenómeno
social de "Out-Lesbians" - lesbianas visibles.
De donde yo vengo sólo existe una regla: el estado-nación.
De donde yo vengo, el régimen instala permanentemente una realidad de falsedad. Dicen que Serbia no se encuentra en guerra, mientras en los proyectos de mujeres nos dedicamos a atender a las centenares que han sido abusadas por los asesinos que regresan del frente. Dicen que todos los derechos humanos en el país están protegidos, mientras dos millones de albanos no tienen el derecho de ir a la escuela o al sistema de salud y viven en un estado cercado, mientras miles de gitanos viven en sótanos oscuros y chozas, y mientras medio millón de refugiados sobreviven como ciudadanos de segunda clase. Todavía existe la Ley penal 110 que criminaliza el sexo entre varones adultos. Lesbianas y gays carecen de los beneficios del matrimonio, no tienen seguridad en sus puestos de trabajo y su vida se desarrolla bajo el constante miedo de ser perseguidos.
Si yo quiero trabajar con mujeres, únicamente puedo hacerlo con un compromiso explícito con las instituciones estatales, sabiendo que en el parlamento serbio y en el gobierno hay hom-bres que son asesinos, violadores y criminales de guerra. Y no lo digo en sentido simbólico, lo son inclusive jurídicamente.
Cuando la guerra empezó, yo salí a las calles para dejar hablar mi cuerpo, para que gritara que yo estaba en contra del gobierno que mata. Cuando la guerra continuó, supe que tenía que trabajar con las sobrevivientes. En cuanto algunas de nosotras, feministas de Belgrado, abrimos un Centro Autónomo de Mujeres apoyadas por muchas hermanas de regiones sin guerra, empezaron a llegar muchas mujeres huyendo de sus familias, de sus parejas varones o simple-mente de las zonas en guerra.
Trabajar en esto en el tiempo de la guerra, para nosotras feministas, tiene un dilema a resolver, ¿cómo evitar el papel que los varones en guerra y la guerra de los varones le dieron a la mujer?: enfermeras de los heridos, cuidadoras de los sobrevivientes de su guerra. ¿Cómo interpretamos la tortura de guerra si para algunos/as el mundo está dividido en géneros? La compulsiva construcción heterosexual de roles provoca que un género produzca las condiciones y medios de destrucción de los demás, y que el otro género mantenga y nutra la misma destrucción.
Yo sé que muchas mujeres que yo veo en las calles están en conflicto entre sus papeles como madres y la exigencia de fidelidad a la nación-patria. Pero al no encontrar ningún medio social o histórico para articular su conflicto se lanzan al silencio mas profundo - el único lugar que han conocido durante edades y tiempos.
Probablemente muchas feministas lesbianas que viven en los países de pobreza y guerra comparten experiencias similares conmigo. Se han preguntado tantas veces como yo el por qué de la guerra. Rodeadas de imágenes de la muerte que aparece con el fuerte soplar del viento o con un sonido inesperado. Y mientras tanto, soldados orgullosos de matar lucen sus un-iformes en calles, buses y mercados. La gente, herida, hambrienta, enferma y los funerales, se transforman en hechos cotidianos a los que uno tiene que acostumbrarse.
Muchas veces me asombro ante esas mujeres que, en mi ciudad, aman a otras mujeres sin estar identificadas como lesbianas, sin conflictuarse con el rol de nación o madre, que no quieren pensar acerca de la guerra. Ellas caminan por las mismas calles que yo y no las veo. Me pre-gunto cuáles serán las palabras que podría decirles en voz alta para levantar sus rostros y sacar sus voces del rincón retirado de sus cuartos. En las estadísticas estatales probable-mente ellas son contadas como algo que no son.
De donde yo vengo, se unió un pequeño grupo de mujeres, apoyadas por muchas otras de dife-rentes países, y formaron "Mujeres de negro contra la guerra" (Women in Black against War). Cada miércoles nos paramos en la calle y mostramos nuestro desacuerdo con el gobierno. La policía se encarga de recordarnos que "nos están observando", de rato en rato, alguna de nosotras es hostigada.
Ya no hay más manifestaciones por la paz en las calles de Belgrado, somos las únicas guerreras positivas antiguerra persistentes, que piensan que pequeños actos de desobediencia pública tienen importancia. Sabemos que no cambian decisión política alguna, pero cambian nuestras vidas y afectan a otras mujeres. Women in Black también tiene un grupo de apoyo de varones: dos hombres gays.
Pero yo no soy refugiada, no soy madre serbia. La ciudad en que vivo no ha sido destruída. No estoy identificada con el sistema ni con la nación de la que vengo. Si el periódico del régimen me llama traicionera a la nación serbia, sólo me golpea en la sonrisa escondida en mi cara.
De donde yo vengo, en realidad no es la nación en la que nací, es tan sólo el país lésbico perdido que nunca tuve y que de cierta manera todavía sueño crear. Como no pueden insultarme con la idea de nación, me insultan como mujer y lesbiana.
Y lo hacen. En abril 94 después de un mes y medio de compartir departamento con un grupo de psicólogos que trabajan con refugiados, nuestro grupo lésbico-gay "Arkadia", fue expulsado del local. La amenaza que derramaron sobre nosotros y sobre mi fue la fascista ley penal 110. Los psicólogos nos ordenaron salir. "Compartimos el mismo baño" dijeron. "Se daña nuestra reputación por su presencia en la misma dirección" argumentaron. De las palabras usadas suponemos que para ellos somos caracteres contagiosos y sospechosos. El comentario final fue: "no es posible que lesbianas trabajen con menores sobreviventes de violación".
De pronto, con un dolor brutal, pensé: si te odian por tu manera de ser, la guerra se ha extendido hasta ti. Cuando los psicólogos escribieron su carta para anunciar su incon-formidad con "Arkadia", ordenaron "Inmediatamente paren las actividades". Mi sorpresa fue total, mi estómago temblaba, mi cara estaba en peligro de perder su forma. Por un momento pensé: si todos los peatones en las calles se enteran mañana que yo soy lesbiana, si todos piensan los mismo que estos psicólogos, ¿cómo voy a mantener entera mi cara? ¿Cómo voy abrir mis ojos sin que me afecte su repugnancia? ¿Qué voy a hacer para no sentirme yo también repugnada de mí misma? ¡Quizás, al saber que soy lesbiana, la mujer de la oficina del correo quiera que yo salga inmediatamente de ahí! ¡Quizás, si lo llega a saber la mujer en el mercado, no me venda más sus fresas! Me sentía tan mal, luchaba conmigo misma para reanimar mi propia dignidad, mi pasión y mis políticas.
Entonces recordé las historias de las mujeres de las zonas de guerra. Recordé como dejan sus casas. Soldados de diferentes colores nacionales llegan a los pueblos a hacer la depuración y ordenan que inmediatamente salgan de sus casas. Les dan no más de una hora. Entre la sor-presa y un desconocido y repentino sentimiento de profunda humillación, ese sentimiento terrible por ser lo que son, de sentir lo que les hacen sentir y que no entienden, se va mezclando con las carreras para hacer su equipaje, para no olvidar de llevarse unas fotos que posiblemente olviden, para poner un poco de café y una manzana que las sostenga el camino. No hay orden judicial o legal, sólo un inmediatamente. Yo también fui depurada en un instante.
Tres años de guerra - la esencia de la guerra la estaba viviendo, ahora, en el odio contra gays y lesbianas. Y lo vivía de parte de mis colegas, justamente aquí en la vecindad.
Las lesbianas tendremos que construir nuestra memoria. Yo sé que había lesbianas viviendo en tiempo de la guerra antes que yo. Pero la mayoría de ellas no me dejaron sus pautas. Mujeres que amaron a mujeres en mi ciudad, hace mucho tiempo y hasta donde yo sé, no salvaron ni un indicio de sus voces. Así, a veces, en los momentos de debilidad, leo Audre Lourde en su "Letanía para la sobrevivencia", o me recuerdo a: "Debe haber aquellas entre las que podamos sentarnos a llorar, porque aún estamos contados como guerreros" (Adrienne Rich). Muchas lesbianas, feministas y pacifistas de este país y otros países nos han apoyado, enviaron postales y palabras de amor. Cuando llegan, nos sentamos en mi cocina, a la que llamamos República Lésbica Libre. Llenas de miedo, miramos esos libros y papeles maravillosos, comemos macaroni y algunas de nosotras bailan. Y seguimos soñando de anunciar en las calles los códigos de la República-Cocina.
Lepa Mladjenovic, Belgrado,Serbia. Recibió el premio de los derechos humanos internacionales "Filipa de Souza" para derechos lésbicos 1994