más allá de las fronteras
Las mujeres africanas son blanco de racismo y xenofobia en Sudáfrica

 

Khadija Magardie

Khadrah Ahmed, de 30 años, no sabe qué hacer. Sentada en los escalones de la casa de Mayfair, Johannesburgo, que ahora funciona como "hotel", sus ojos se llenan de lágrimas. Ha sido otro día de buscar en la sección clasificada de los periódicos, de caminar de casa en casa, y de desilusión. "Realmente no sé qué hacer, ¿qué voy a decirle a mis hijos?". Ahmed ha intentado encontrar un departamento o una habitación para alquilar en Mayfair, para ella y sus cuatro hijos. Hace un mes, fue obligada a mudarse de una habitación en una casa húmeda y en mal estado que compartía con otras cuatro mujeres. La casera les impuso un terrible aumento de alquiler, más de lo que la mayoría de la gente gana en dos meses. Ahmed y las otras mujeres son refugiadas. Fueron forzadas a dejar Somalía, su país de origen, cuyas décadas de guerra civil han causado dificultades jamás contadas a innumerables familias. Después de muchos barcos y viajes por tierra, se estableció en Sudáfrica. El esposo de Ahmed, que está en el Reino Unido, envía regularmente dinero a su familia, pero es ella quien mantiene la situación a flote. A pesar de su coraje, ya no puede continuar. Su frustración es la actual falta de vivienda. Está en un "hotel" tradicional, manejado por un miembro de la comunidad de refugiados de Somalía en Mayfair, que aloja temporalmente a familias recién llegadas al país. Cada vez que Ahmed encuentra una casa, aparentemente vacía, el casero le dice que "acaba de ser alquilada". Otras veces, se la confirman por teléfono, pero cuando llega en persona, le dicen que fue anotada en una "lista de espera". Ahmed, como muchos otros, conoce la razón. Es bien sabido que los caseros de Mayfair no alquilan sus propiedades a extranjeros, especialmente a somalíes. Como le dijo sin rodeos una mujer, "le alquilo la habitación a uno de ustedes, y enseguida aparecen viviendo veinte".

La experiencia de racismo de Ahmed a manos de un propietario es leve, comparada con la de su compañera refugiada somalí, Aisha Jama. La mujer de 56 años llegó a Sudáfrica en 1996, con poco más que la ropa que llevaba puesta. Su esposo fue asesinado en la lucha, y sus hijos, al igual que tantas otras familias refugiadas, están esparcidos por el mundo. "Me alegré de venir a Sudáfrica porque es otro país africano, y creí que me sentiría en casa", dice. Pero la primera experiencia de hospitalidad que tuvo, casi la mata. Estaba trabajando como vendedora ambulante en el municipio negro de Mamelodi, en las afueras de Pretoria, cuando tres hombres negros vendedores ambulantes se le aproximaron. Después de preguntarle por qué estaba vendiendo, la asaltaron y le robaron toda su mercadería. Otro hombre le dijo: "este no es tu país, no puedes vender aquí". La mujer estaba demasiado asustada para pelear. La segunda vez, Jama fue asaltada por un hombre del lugar y fue rechazada por la policía cuando denunció el hecho. "No está sangrando, quizás si se muriera, lo investigaríamos", le dijo un policía.

A pesar de la transición a la democracia en 1994, que puso fin a décadas de gobierno de una minoría blanca racista, Sudáfrica está viviendo el odio de los sudafricanos hacia los extranjeros. Si bien tiene muchas fronteras, resulta evidente que la xenofobia contra los no residentes está dirigida hacia los nativos de otros países africanos. Varias organizaciones de defensa de los derechos humanos, como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Comisión por los Derechos Humanos de Sudáfrica han publicado informes que muestran una amplia gama de abusos cometidos contra inmigrantes de países vecinos. Especialmente vulnerables son los que están sin documentos válidos, los llamados "ilegales", que piden asilo. Los abusos van desde rechazar sus solicitudes a préstamos bancarios, estafas con sus salarios, a amenazas de deportación y agresiones. Las mujeres, a menudo, ocupan los últimos lugares en los trabajos remunerados y sufren distintas formas de violencia, y por eso soportan lo peor de los sentimientos xenófobos de los sudafricanos, de todas las razas.

El principio de "no devolución", que forma parte del protocolo internacional aplicado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), establece que un refugiado no puede ser devuelto a su país de origen si tiene el temor fundamentado de que será perseguido, e incluso asesinado a su regreso. Por lo tanto, una vez que un refugiado logra el asilo en Sudáfrica, siempre que no se haya obtenido en forma fraudulenta, existen pocas posibilidades de que sea deportado. Pero los llamados inmigrantes económicos, que son la mayor parte de los que ingresan, están sujetos a una vida de vaivenes regida por un ciclo de entrada, repatriación y nueva entrada. Sumado a las condiciones económicas desesperadas, quienes llegan, por ejemplo, desde Angola, Mozambique y Zimbabwe, son más vulnerables a los abusos. Especialmente las mujeres sin familiares masculinos.

Nyasha Tagwireyi (1), de 23 años, entró en forma ilegal, buscando trabajo y rehusa decir cómo cruzó la frontera. Su primera experiencia con los sudafricanos fue cuando, con otras veinte mujeres de Zimbabwe, recibió una oferta de trabajo de una "agencia" en Louis Trichardt, un pueblo cerca de la frontera. Las mujeres pasaban días sentadas en una habitación hasta que un posible empleador o empleadora llegaba a "examinarlas", y elegía a una para trabajar como su empleada doméstica. Aunque ella nunca encontró un trabajo así, afirma que algunas de sus amigas fueron prácticamente "vendidas" y que recibían luego la ínfima suma de cincuenta rands por mes. Tagwireyi fue a parar a Pretoria, donde su piel oscura y su acento hicieron que la atención se centrara en ella de forma discriminatoria. Trabajó como limpiadora en una peluquería en un suburbio de Pretoria, y constantemente los hombres le hacían propuestas sexuales. "Todos sabían que soy de Zimbabwe, entonces suponían que estoy disponible", afirmó.

Los habitantes locales generalmente creen que los inmigrantes son responsables por los crecientes niveles de criminalidad, y han encasillado a las nacionalidades en ciertos roles. Se cree, por ejemplo, que los nigerianos controlan el comercio de la droga, los mozambiqueños están involucrados en sindicatos de robo de autos y las mujeres de Zimbabwe son la fuente mayor de prostitución.

Según un libro reciente, titulado "Más allá de las fronteras", "el idioma neutro, sin género, usado por los funcionarios, investigadores y medios de comunicación para describir a los inmigrantes, aunque pretende no ser sexista, funciona en forma eficaz como factor de discriminación contra la mujer". Publicado por el Proyecto de Migración Sudafricano (SAMP) contiene un capítulo sobre el género y la migración donde revela varios patrones interesantes sobre mujeres provenientes, fundamentalmente de Lesotho, Mozambique y Zimbabwe. La investigación demostró que tienen muchas menos oportunidades de empleo que los hombres. Reconoce que la migración femenina es cada vez más "independiente", en oposición a las que ingresan como esposas o novias. Están en una variedad de campos de actividad, desde comerciantes a trabajadoras domésticas, de prostitutas a camareras. Se detectó que ambos sexos tienen la preocupación de que podrían resultar lastimados o ser víctimas de crímenes, y coinciden en la percepción de los sudafricanos sobre los extranjeros. Un estudio del SAMP determinó que el veinticinco por ciento de la opinión pública sudafricana apoya la prohibición total de la inmigración al país.

Son golpeadas, se les niega un sueldo mínimo, son violadas en celdas de la policía y se las escupe por la calle por ser "kwere-kwere" (término despectivo que significa extranjero). Como la mayoría de los inmigrantes son deportados semanalmente y con demasiada frecuencia su difícil situación es ignorada.

(1) No es su nombre real.


Khadija Magardie es reportera del periódico Mail and Guardian de Johannesburgo, Sudáfrica.

Traducción del inglés al castellano: Soledad Domínguez

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