|
Una reconceptualización de la prostitución
Kamala Kempadoo
Durante los últimos diez o quince años, las prostitutas se han organizado en América Latina y el Caribe. Organizaciones similares están surgiendo en otras regiones del mundo. Se sabe que existen organizaciones de trabajadoras sexuales en Australia, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, India, Indonesia, Japón, Malasia, Nueva Zelandia, Nicaragua, América del Norte, Sudáfrica, Venezuela y varios países de Europa occidental. En todas estas actividades, el concepto de 'trabajadora sexual' está inextricablemente vinculada a las luchas por el reconocimiento del trabajo de la mujer, por los derechos humanos básicos y por condiciones de trabajo dignas: luchas que no son específicas de la prostitución y el comercio sexual, sino que son comunes a la lucha general de las mujeres, y a la organización de esfuerzos para lograr justicia social y económica para otros sectores no reglamentados, informales y formales.
Al reivindicar el nombre 'trabajadoras sexuales' se destaca la ubicación social en la categoría de trabajadoras de las personas involucradas en el comercio sexual. Esta autodefinición destaca la naturaleza variada y flexible del trabajo sexual así como sus similitudes con otras dimensiones de la vida de las/los trabajadores/as. El trabajo sexual, según el testimonio de las prostitutas, se experimenta como una parte integrante de la vida de muchas mujeres y hombres jóvenes en el mundo, y no necesariamente es la única actividad en torno a la cual se define su ser personal o su identidad. Además, el trabajo sexual comercial, según la propia definición de las prostitutas, no siempre es una actividad estable, sino que se realiza simultáneamente con otras formas de ingreso, como el comercio informal, la venta en mercados, el lustrado de zapatos, o trabajos administrativos. También puede durar poco tiempo o ser parte de un ciclo anual de trabajo.
En la mayoría de los casos el trabajo sexual no es para el beneficio individual sino para el bienestar o la supervivencia de la familia: en el caso de las mujeres trabajadoras vestir, alimentar y educar a sus hijos; para las mujeres y hombres jóvenes, para su manutención cuando el ingreso de la familia es inadecuado. Para muchos, trabajo sexual significa dejar sus ciudades o países. Para otros, está asociado con el consumo de drogas, contratos de servidumbre o la esclavitud por deudas. Para la mayoría, la participación en el trabajo sexual va de la mano con una vida marginal, debido a las leyes que prohiben o ilegalizan la prostitución y a los estigmas vinculados al comercio sexual.
El concepto de 'trabajador/a sexual' surgió en los años setenta, con el movimiento por los derechos de las prostitutas y documentos feministas en los EEUU. Pero no es una idea o un concepto exclusivamente occidental. A fines de los años ochenta, Thanh-Dam Truong teorizó sobre el concepto del 'trabajo sexual' en su investigación sobre las actividades femeninas en la industria de turismo sexual en el sudeste de Asia (1). Argumentó que las actividades en las que participan los elementos puramente sexuales del cuerpo y las energías sexuales deben ser consideradas como un componente vital del cumplimiento de las necesidades humanas básicas de procreación y placer corporal, y que se pueden considerar como similares al trabajo intelectual y manual.
Afirmó además que la organización social del trabajo sexual adopta una variedad de formas en contextos históricos y políticas económicas diferentes, de donde concluye que no hay formas universales de prostitución o trabajo sexual. Las nodrizas, la prostitución religiosa, la 'reproducción' en esclavitud, el alquiler de útero, el sexo de donación, el sexo comercial y la reproducción biológica pueden considerarse como ejemplos de formas históricas y contemporáneas de organización del trabajo sexual para la recreación y satisfacción humana y social, todas ellas con interpretaciones y significados culturales y sociales específicos. La 'danza exótica' que surgió en los años ochenta en los EEUU es claramente otra forma de 'trabajo sexual'.
El trabajo de Truong nos permite conceptualizar el intercambio de sexo por dinero como una actividad que involucra la venta de poder y energía de trabajo sexual, no el cuerpo de una persona, lo que permite comparar la prostitución con una forma de trabajo asalariado.
Este concepto del trabajo sexual sugiere que no existen características inherentemente violentas o abusivas en el trabajo sexual (aunque es ampliamente aceptado que los/las trabajadores/as sexuales pueden ser víctimas de violación y acoso sexual durante su trabajo y fuera de él). En cambio, podríamos decir que es un recurso que mujeres y hombres utilizan para satisfacer su humanidad.
Desde este punto de vista teórico, el trabajo sexual no se interpreta como una categoría universal o no histórica, sino sujeta a cambios y redefiniciones a través del tiempo. Se percibe claramente que el concepto no se limita a la prostitución, sino que ciertamente abarca lo que generalmente se entiende incluido en ese término. Pero aunque los recursos sexuales y emocionales humanos se han organizado de diferentes maneras y adquirido significados distintos, la acumulación de capital, las políticas de liberalización de mercado y la transformación del trabajo asalariado en mercancía han transformado distintas formas sociales en una moda consecuente. Como hace notar Louise White en su estudio sobre la prostitución en Nairobi, Kenya en la época colonial, "la prostitución es una relación social capitalista no porque el capitalismo origine la prostitución por transformar las relaciones sexuales en mercancía, sino porque el trabajo asalariado es un rasgo distintivo único del capitalismo: el capitalismo transforma el trabajo en mercancía"(2). El análisis de White sugiere que el trabajo sexual comercial -trabajo sexual transformado en mercancía- es específico de una forma capitalista, abierto a similares formas de presión y manipulación que cualquier otra forma de trabajo asalariado. Por lo tanto constituye una fuente primaria de explotación y riqueza dentro de una economía capitalista.
Hay un modelo que a lo largo de gran parte de la historia insiste en ubicar la categoría generada en el ámbito social 'mujer' como la vendedora o proveedora de trabajo sexual, y a la categoría 'hombre' como el grupo que obtiene beneficios y poder en el proceso de interacción. La subordinación de la mujer y de lo femenino es el factor principal de este modelo en una variedad de contextos culturales, nacionales y económicos, generando estigmas y la condena social de las personas que desafían las fronteras de la femineidad establecidas en el ámbito social.
En la actualidad, la mayoría de los/las trabajadores/as sexuales del mundo son mujeres, que trabajan en negocios e industrias dominadas por hombres, ubicadas en el discurso dominante como marginados/as sociales. Sin embargo, existen varias tendencias, que desafían con fuerza la tendencia a expresar la esencia del/de la trabajador/a sexual mediante nociones biológicas de género. De esa manera a la vez que la definición social del proveedor de trabajo sexual a menudo se vincula estrechamente con construcciones culturales específicas de femineidad, y 'la prostituta' se vuelve virtualmente sinónimo de 'mujer', estas relaciones de género son claramente cuestionadas y redefinidas de diferentes formas en todo el mundo. Cada vez más los hombres y jóvenes 'genéticos' participan en formas de trabajo sexual, vendiendo sexo tanto a hombres como a mujeres en relaciones homosexuales y heterosexuales, como sujetos femeninos y masculinos.
El concepto de trabajador/a sexual ofrece una posibilidad de conectar la prostitución y otras actividades de la industria del sexo con otras actividades de las mujeres trabajadoras. El trabajo sexual está sujeto a explotación dentro de contextos específicos, dependiendo de influencias políticas, culturales y económicas. Puede ser la base de movilización en luchas por condiciones de trabajo, derechos y beneficios y por formas de resistencia más amplias contra la opresión de los/las trabajadores/as en general y de las mujeres en particular. La conceptualización de las prostitutas, las bailarinas de 'strip-tease', las lap dancers, las acompañantes, las bailarinas exóticas, etc., como 'trabajadoras sexuales' pone de manifiesto que los intereses comunes de las mujeres trabajadoras pueden articularse dentro del contexto de luchas (feministas) más amplias contra la devaluación del trabajo de las 'mujeres' y la explotación de género dentro del capitalismo.
A pesar de la marginalidad y la vulnerabilidad de los/las trabajadores/as sexuales en el ámbito internacional, el concepto de 'víctima' es rechazado por muchas de las personas que actualmente trabajan o investigan en el área del comercio sexual. Reconocer la capacidad de ejercer poder del trabajador sexual es una medida deliberada para ubicar a los/las trabajadores/as sexuales como actores en el escenario mundial, como personas capaces de elegir y tomar decisiones que lleven a la transformación de la conciencia y a cambios en la vida cotidiana.
Según Judith Kegan Gardiner, el reconocimiento de la capacidad de ejercer poder es parte integrante de las nociones feministas de transformación social, "... que toda teoría que niegue la 'capacidad de ejercer poder' de la mujer retarda los cambios en la estructura social patriarcal por los cuales lucha el feminismo, porque niega la existencia de una entidad que ataque esas estructuras"(3). Pero incluso con ese reconocimiento general de que la capacidad de ejercer poder es una parte integrante del feminismo, la idea de la capacidad de poder de la mujer en la prostitución es negada a menudo con vehemencia por las feministas. La prostitución aparece como uno de los últimos lugares de las relaciones de género a cuestionar con una óptica feminista que asume que las mujeres son a la vez sujetos activos y sujetos de dominación.
El trabajo de Kathleen Barry sobre el tráfico de mujeres conquistó en gran medida la imaginación feminista en relación con las mujeres del Tercer Mundo y ha producido un énfasis y una fascinación con el tema de las esclavas sexuales en los países en desarrollo. La autora construye una jerarquía de etapas de desarrollo patriarcal y económico, ubicando el tráfico de mujeres en la primera etapa que "predomina en las sociedades pre-industriales y feudales que son básicamente agrícolas, en las que la mujer es excluida de la esfera pública", y en las que la mujer, según afirma la autora, es propiedad exclusiva del hombre (4). En el otro extremo de la escala, Barry ubica a las "sociedades desarrolladas, post-industriales" en las que "la mujer obtiene el potencial para la independencia económica" y en las cuales se normaliza la prostitución (5).
Ese discurso ubica a la mujer del Tercer Mundo no occidental como "ignorante, pobre, no educada, atada a la tradición, doméstica, orientada a la familia, víctima, etc.", y se establece el concepto de que vive una vida sexual "truncada"(6). Todavía no constituye un "todo" o no es una persona "desarrollada", sino que parece un menor de edad que necesita guía, asistencia y ayuda. Esta elaboración está en oposición al concepto de mujer occidental, de la que se dice que tiene (o al menos tiene el potencial para lograrlo) control sobre su ingreso, su cuerpo y su sexualidad: la mujer posmoderna, independiente y emancipada.
La misión de Barry es rescatar a aquellas mujeres a quienes considera incapaces de ejercer la autodeterminación. Y junto con esta misión, está implícita una definición cultural particular sobre el propio significado del sexo. La autora afirma que los valores sexuales "deben estar basados en la intimidad. La experiencia sexual involucra las partes más personales, privadas, eróticas y sensibles de nuestro ser físico y psíquico - es íntima, de hecho"(7). Al proponer un significado tan general del sexo, Barry borra otras definiciones y experiencias culturales de sexualidad y relaciones sexuales-económicas, como las que se encuentran, por ejemplo, en varios países de Africa y el Caribe, o en la juventud tailandesa y brasileña, e impone una definición muy estrecha de sexo desde una visión de sexo feminista estrictamente occidental y burguesa.
La combinación entre el tráfico de mujeres del Tercer Mundo y la definición totalizadora de sexo arraigada en el trabajo de Barry ha causado un cúmulo de actividades y consultas por parte de las organizaciones de mujeres sobre el tema y produjo una conciencia peculiarmente tergiversada sobre el comercio sexual. Las mujeres del Tercer Mundo aparecen en todo tipo de documentos, desde documentos de la ONU, hasta informes sobre derechos humanos y artículos periodísticos, como las pobres mujeres, víctimas inocentes del tráfico y la esclavitud. El neocolonialismo que aparece en la superficie de estas elaboraciones sobre la vida y la situación de las mujeres del Tercer Mundo en el resto del planeta no se limita solamente a las feministas radicales o a hacer lobby contra el tráfico. Se ha infiltrado incluso en algunos de los debates más progresistas sobre los derechos de las prostitutas en relación con la prostitución 'forzada' y 'voluntaria', produciendo como consecuencia una negación del derecho de los/las trabajadores/as sexuales del Tercer Mundo a la autodeterminación. La aparición de documentos sobre las posturas e identidad de las prostitutas -académicos y políticos-, las redefiniciones planteadas, las distintas posiciones que se hacen evidentes en el discurso actual, y las luchas por el reconocimiento y los derechos, también han contribuido, aunque indirectamente a la creación de un discurso occidental hegemónico sobre la prostitución.
La mayoría de los/las escritores/as contemporáneos/as sobre el trabajo sexual, interpretan a la prostituta o trabajadora sexual a partir de testimonios y análisis derivados de luchas de mujeres del 'Primer Mundo' en los Estados Unidos y Europa Occidental. A la vez que estos documentos son importantes para poner de manifiesto políticas e identidades en algunas partes del mundo, y ciertamente contribuyen a una aprehensión más completa del trabajo sexual, sin historicismo y contextualización geopolítica, corren el riesgo de universalizar el tema desde ubicaciones y experiencias limitadas. Al no existir un análisis de los conceptos y relaciones internacionales sobre elaboraciones culturales diferentes y el significado de la sexualidad y el género, este conjunto de elaboraciones literarias se apropia de la experiencia de la mujer 'no occidental' sin consultar a nadie.
La distorsión de las relaciones entre el Primer y el Tercer Mundo, y el privilegiar el tema de las prostitutas occidentales pone a las militantes por los derechos de las prostitutas y sus aliadas en peligro de alinearse políticamente con otros movimientos que consolidan la hegemonía occidental.
La necesidad de vincular la teoría feminista con subjetividades sexuales raciales y con el peso histórico del imperialismo, el colonialismo y las elaboraciones racistas sobre el poder, surgió recientemente, en el contexto de esta elaboración teórica feminista sobre la prostitución. En una época en que las mujeres no pueden ser ubicadas exclusivamente como víctimas, en la que las mujeres del Tercer Mundo hablan por sí mismas en distintos foros, en la que cada vez más análisis han cambiado el centro de la discusión de las simples jerarquías y dicotomías al cuestionamiento de espacios múltiples, al parecer ubicaciones sociales y lugares de poder contradictorios, parecería imposible ignorar las experiencias, identidades y luchas de las mujeres del comercio sexual mundial. En suma, debemos pensar y elaborar nuevos conceptos sobre el tema de la prostitución en oposición a una hegemonía
(1) Truong,
Than Dam. Sex, money, and morality: the political economy of prostitution and
tourism in South East Asia. London: Zed Books, 1990.
(2) White, Louise. The comforts of home: prostitution in colonial Nigeria. Chicago:
University of Chicago Press, 1990. p. 11
(3) Gardiner, Judith Kegan. Provoking agents: gender and agency in theory and
practice. Chicago: University of Illinois Press, 1995. p. 9
(4) Barry, Kathleen. The prostitution of sexuality. New York and London: New
York
University Press, 1995. p. 51
(5) Barry, 1995. p. 53
(6) Mohanty, Chandra Talpade. "Under western eyes: feminist scholarship
and colonial
discourses." In: Third World women and the politics of feminism, pp. 51-80.
Ed. by
Chandra T. Mohanty, Ann Russo and Lourdes Torres. Bloomington: Indiana University
Press, 1991. p. 56
(7) Barry, Kathleen. Female sexual slavery. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall,
1979. p. 267
Versión editada de una ponencia presentada en la XXII Conferencia Anual de la Asociación de Estudios del Caribe, Barranquilla, Colombia, del 26 al 30 de mayo de 1997.
Kamala Kempadoo es de ascendencia guayanesa y es Profesora Adjunta en temas de Mujer y Sociología en la Universidad de Colorado, Boulder, Colorado, EEUU.
Traducción del inglés al español por Soledad Domínguez.