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Palabra
de sin papeles
'Parole de sans-papiers'
Madjiguène Cissé
Y ahora nos salen con que
no podemos,
que no hay sitio en el barco
Si es una broma triste, decídanse señores,
a terminarla pronto.
Después el mar es duro.
Y llueve sangre.
Pablo Neruda, 'El Barco'
En todas las épocas, bajo todas las latitudes, las poblaciones humanas
han desafiado las peores condiciones y han atravesado desiertos, mares y montañas
para relacionarse entre sí. La historia de la especie humana estuvo marcada
inicialmente por esa migración que, integrada por mujeres y hombres,
jóvenes y viejos, en largos convoyes o en pequeños grupos, partiendo
de Africa, le permitió extenderse por toda la tierra, sus continentes
e islas.
La evolución de las civilizaciones debe mucho a esa facultad que han tenido todos los pueblos de intercambiar sus respectivas capacidades. Levantar y traspasar fronteras ha sido siempre una de las formas de construir sociedades. Esta dinámica ha trazado las fronteras y las ha modificado, mediante tratados firmados en tiempos de paz, o impuestos a los vencidos al término de los conflictos.
En todo el mundo, los reinos se han expandido o han sucumbido en función de las alianzas contraídas o rotas por el matrimonio o por el divorcio de sus soberanos. Con guerras o con matrimonios, mediante alianzas o conquistas, los hombres nunca han cesado de encontrarse, de cruzarse, de intercambiarse, en resumen, de mezclar la especie. Los agricultores, los pastores y los cazadores, bien para buscar tierras más fértiles, bien para perseguir la caza más allá de los territorios conocidos, han atravesado siempre las fronteras. Rara vez las fronteras simbólicas o las establecidas, los límites reales o los imaginarios, han detenido estos movimientos.
Poco a poco el errar fue dando lugar a rutas comerciales, y el nomadismo a invasiones y conquistas. Se intercambiaron golpes, pero también sal por trigo, hierro por carne, y se mezclaron las costumbres y los conocimientos. Todo ello dio como resultado la construcción de las civilizaciones.
Así, en Africa, ya en tiempos del Antiguo Egipto, las necesidades comerciales provocaron los movimientos de los pueblos costeros, que disponían de sal y de otros productos del mar, desde las costas atlánticas hacia las zonas del interior. Al mismo tiempo, este movimiento, que tenía su origen en preocupaciones comerciales, iba poniendo en contacto a poblaciones de orígenes, cultura, costumbres y prácticas diversas, que dieron lugar a las nuevas civilizaciones. Más tarde, la amplia expansión del Islam, hizo que las poblaciones de creencias animistas o politeístas se convirtieran por convicción o por la fuerza.
De esta manera, la sal como nutriente condimentaba alimentos más espirituales.
También las guerras, tribales o mundiales, han provocado a veces importantes desplazamientos de población, ante la necesidad de huir de la muerte, las violaciones, la tortura, la penuria y la miseria.
Durante más de diez siglos, Europa fue invadida y conmocionada por las migraciones venidas del Este: galos y godos, francos, germanos y hunos. Las huellas de aquella mezcla han sido hoy olvidadas por los que buscan la pureza de la raza, del pueblo, de la etnia, de la comunidad. Después, Europa ha creído ser el centro del mundo. El destino de sus poblaciones emigradas le confirmó en esta ilusión.
Los españoles y los portugueses colonizaron América del Sur. A partir del Siglo XVIII, millones de alemanes, de irlandeses, y luego de italianos y polacos, emigraron hacia los Estados Unidos de América.
Otras migraciones más cortas, las del trabajo, se produjeron, llevando a los italianos a Francia, a los turcos a Alemania.
En todas partes y en todo tiempo, integrados o excluídos, perseguidos y vilipendiados, los emigrantes han acabado por convivir con sus semejantes diferentes. Esto ha costado años o siglos. Este camino será recorrido por los nuevos emigrantes.
Existen los derechos humanos, derechos que se tienen por el simple hecho de ser personas. Cuando estos derechos están amenazados, es legítimo luchar para lograr que se restablezcan. Todo ser humano tiene derecho, al igual que sus ancestros, a viajar, a desplazarse, en resumen, a circular, a acoger y ser acogido.
¿Acaso los refugiados de hoy y de mañana son más nómadas que los exploradores que, durante siglos, partieron de Burdeos, de Nantes o de Lisboa? ¿Acaso existe un pueblo en el mundo que sea irremediablemente sedentario? La libertad de circulación no es un invento. Consagra una situación de hecho.
Un día, los sin-papeles de Saint-Ambroise pidieron justamente eso. Y Francia, desde entonces, debate, pelea, se subleva, razona y, a veces, desbarra.
Madjiguène Cisse, senegalesa, es portavoz del grupo 'Collectif
de Saint-Bernard', una organización de inmigrantes en Francia. En 1998
ella fue galardoneda con un premio por la Liga de Derechos Humanos de Alemania.
Madjiguène vive actualmente en Dakar, Senegal.
Madjiguène Cisse compartió las experiencias del grupo 'Collectif de Saint-Bernard' en el Seminario Internacional sobre Racismo, Xenofobia y Género organizado por Lolapress en Durban, Sudáfrica, el 27 - 28 de agosto 2001. El presente texto es la introducción a su libro 'Parole de sans- papiers' publicado en Francia en 1999. Una versión en castellano del libro fue publicada en el 2000.