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El hombre: ¿tiene derecho?

 

Silvia Chejter

Hay quienes hablan de libre elección cuando hablan de prostitución. ¿Es libre la mujer prostituida? ¿Ha podido elegir o ha sido elegida? ¿Es correcto decir que ella sólo es libre de no serlo? (1) Una de las paradojas de los discursos sobre la comercialización del sexo es la ausencia de la demanda, de los clientes. Cuando los clientes aparecen en esos discursos es de modo accesorio y accidental, como meras comparsas. Es como si la demanda fuera promovida por la oferta y no, como en realidad sucede, a la inversa. Se invierte el rol principal y protagónico que esta demanda tiene para que existan las prácticas prostituyentes y sean necesarios cuerpos que la satisfagan.


Los discursos feministas no han escapado a esta tendencia y las divergencias, las polémicas internas, tácitas o explícitas, también se centran mucho más en la imagen y el rol de las mujeres prostituidas que en la de los clientes, en su abrumadora mayoría, varones. Así sucede en el discurso que pretende que toda forma de prostitución es forzada y una variante de la esclavitud de las mujeres, en este caso sexual (2). O, en el extremo opuesto, aquel que contemporiza con la prostitución y se propone sobre todo luchar contra la estigmatización de las mujeres prostituidas (3) visualizándolas como militantes de una experiencia liberadora y transgresora(4).

Es hora de preguntarse si la institución de la prostitución, en tanto un “derecho de los hombres” como dice Françoise Collin (5), no debe ser abordada, en primer lugar, desde la perspectiva del cuestionamiento al ejercicio de ese derecho. Derecho que implica la disponibilidad de cuerpos prostituidos para satisfacción del deseo masculino, incluso cuando se trata de cuerpos de varones.

“Yo pasé de nena a que me quedé embarazada, sin saber cómo ni cuándo. Yo, fijate que hijas mujeres no tengo, por suerte tengo varones (tres hijos). Porque la vida es una mierda, para las mujeres, es una mierda. Siempre digo qué suerte que tengo varones, van a sufrir menos, los hombres sufren menos. (…) Te decía, es que yo era una nena ¿no? yo tenía un novio, vivía con mi mamá, mi papá, mi tío y mis hermanos. Mi mamá no me dejaba tener novio, pero yo igual tenía, entonces yo no sabía. Mi novio me decía hay que hacer esto, vos dejate y yo me dejaba, y también me dejaba con sus amigos, él me decía que me deje, que eran los amigos de él, que él sabía y bueno … yo era una nena no sabía nada … Bueno, un día llegó mi papá a casa, remamado, la agarró a mi mamá del brazo, la tiró al piso, la cagó a palos, pero le pegó que no sabés, todos gritaban, yo estaba escondida en la pieza. Al final entendí que le gritaba que la hija era una puta que se la pasaban todos y que la culpa era de ella que no la cuidaba. Después me agarró a mí y no me mató por poco … me dijo que yo no salía más. Bueno, un tiempo no salí. No salía nunca y el papá me pegaba por las dudas. Un día vino mi tío, un día que estaba en la bomba sola lavando la ropa y me dijo que si iba con todos tenía que ir con él y me violó, todas las tardes me hacía ir con él y que no diga nada porque mi papá se iba a enojar conmigo … Te la hago corta: me quedé preñada, me escapé, me lo saqué con una mujer que me llevó a trabajar en un lugar de ella, en un prostíbulo que para mí, que no sabía nada, era de lujo … Ella me enseñó a trabajar. Te tenía cagando. Con ella no podías más o menos; tenías que ir derechito. Pero ella no te fallaba nunca. A mí nunca me falló. (…) De ese prostíbulo me fui a otro, estuve en varios, de ahí me fui a otro y a otro, de lugar en lugar.” (Patri 33 años) (6)

Esta mujer, criada en una familia de clase media, recuerda con gratitud a la mujer que la introdujo en el burdel y a la dueña del burdel, hermana de la primera. Ambas la “ampararon” en una situación que para ella, en su desesperación, era un callejón sin salida. No tiene conciencia de, en qué medida estas “benefactoras”, oportunas u oportunistas, según cómo se mire, hayan abusado de su desamparo. Tampoco la tienen estas reclutadoras al servicio del deseo varonil, a menudo ellas mismas prostituidas, de la dimensión y el sentido de sus acciones de reclutamiento. Los procesos de reclutamiento, que están casi siempre presentes en la introducción a las prácticas prostituyentes, son los qe hacen que la oferta sea constante para la reposición de los cuerpos envejecidos o desgastados por la edad, las enfermedades, físicas o mentales, las drogas, o para responder al incremento de la demanda. Se basan siempre en técnicas que aparecen “salvando” a las niñas, jóvenes, o adultas, en circunstancias de inermidad y violencia, a menudo no relacionadas directamente, o no sólo relacionadas con la miseria, la escasez de recursos económicos, la exclusión social de sus familias, a las que suele atribuirse casi siempre la causa de su explotación sexual.

Judith Walkovich dice: “Sin duda había algunas niñas prostitutas en las calles de Londres, Liverpool y otros lugares: pero la mayoría de esas mujeres estaba en la calle porque sus otras opciones eran muy limitadas.” (7) Sugiere que la ausencia de opciones determinaba una elección forzada, es cierto, pero elección al fin. La autora no se plantea en qué medida la escasez de opciones es, en sí misma, producida, no tanto por la miseria como se sugiere, sino por la necesidad de satisfacer la demanda. No se trata sólo del número – escaso – de opciones sino más bien de la calidad y sentido de esas opciones. Aparecen así justificados los benefactores que “dan trabajo” y proveen de medios de vida para la supervivencia de quienes, sin ellos, se morirían de hambre.


Pequeños “orgullos”

La noción de “trabajo”, en este contexto, representa para las mujeres su inclusión social – aunque estigmatizadas – en el ciclo de lo económico productivo, en el mercado de la demanda y la oferta, lo que contribuye a legitimar y naturalizar las prácticas.

Las niñas y jóvenes que ingresan, resisten a la situación experimentando procesos de adaptación como: negación de los sufrimientos, resignación, pero también orgullo y satisfacción al adquirir y desplegar pequeños poderes sobre su entorno, incluso sobre los clientes. Un ejemplo en relación con el “orgullo”, aunque también se puede ver el tema del ejercicio de “micro poderes” es el de Sharon, una de las jóvenes entrevistadas, de 17 años, iniciada y explotada por un novio, a los 13. Ella relata que cuando tenía casi 15, su novio fue llevado a prisión, en ese momento, recibe la oferta de uno de los pizzeros del barrio, que sabía que ella era prostituida.

“Y la primera vez que me quedé con toda la plata casi me muero, no entendía nada. Era bárbaro, me gustó, no era lo mismo que trabajar sin ver un mango (…) Yo lo dejaba que me toque, después me agarró la mano y me la puso en el pantalón, me dijo: mirá como me ponés, entonces yo dije ésta es la mía … Le saqué la mano y le dije son veinte pesos … ¡Ah! … el tipo se puso blanco, me miró, no entendía nada… La mano me la sacó y me dice ¿cómo? ¿qué? ¿cobrás?… Claro le digo, si querés yo te hago lo que quieras pero te cobro veinte pesos. El viejo creía que con un poco de morfi me arreglaba, pero no …, yo esperé que esté bien caliente y le dije son veinte pesos … se la hice bárbaro, aunque no me diera la guita me gustó verle la cara … la cara del tipo caliente y que yo le diga, me tenés que pagar … no sabés (se ríe) … Al final me pagó diez pesos no veinte como yo le pedí … me dijo te doy diez y yo dije … bueno. Yo pensé … ¿viste? Nunca tuve diez pesos para mí, entonces era mejor que cualquier otra vez … yo me quedaba con diez para mí sola, yo … me los llevé y bueno eso era otra cosa.” (8)


La ficción de la libertad

Una niña de 14 años, localizada en la calle, compara su actual situación con su anterior dependencia de un prostíbulo/sauna donde debía cumplir un horario (9) y atender sin chistar a cualquier cliente, incluido al dueño del local:

“Por eso me gusta la calle, en la calle cobrás treinta y quince, por menos no voy, entonces si te lo dan, y bueno, te lo guardás. Si no te gusta la cara decís cien y se van arando. Entonces hacés lo que querés de tu vida, no es lo mismo, si querés te vas cuando querés, no te complicás. En el prostíbulo donde estaba antes si te querés ir, es un drama, no podés, tenés que quedarte hasta que cierre.” (10)

A eso se remite hacer lo que una quiere de su vida. A la ficción de la libertad posible. En estos contextos, los triunfos y los goces son de este tenor.


Un trabajo ¿para quién?

Cuando hablan de su vida, encontramos otra historia. Una historia de coacción y de violencia. Estos relatos que se contradicen a sí mismos develan su esfuerzo por sobrevivir, por hacer soportable lo intolerable de la situación.

Uno de los argumentos siempre presente en su discurso es asimilar la explotación sexual a un trabajo. Un “trabajo”, al igual que otros, integrado al mercado y sometido a las leyes de la oferta y la demanda, más rentable y que se realiza en condiciones más libres, atractivas, aunque a veces riesgosas. Incluso, en algunos casos, está la posibilidad de alternar en ciertos ambientes festivos. O en los lugares cerrados con mayor seguridad, alojamiento, comida, compañeras, una situación que brinda aquello que, a menudo, carecieron en sus hogares.

Mediante estos discursos sociales, aceptados en su cotidianeidad, el cuestionamiento sobre qué es lo que se trafica, a partir de qué condicionamientos y sobre todo en beneficio de quiénes, y en función de qué derechos, es eludido.

Es elogiable la voluntad de terminar con la estigmatización y marginación de las mujeres prostituidas y de practicar la solidaridad con ellas en sus resistencias y luchas por mejorar sus condiciones de vida. Pero no es necesario por ello aceptar, legitimar y avalar la existencia de prácticas prostituyentes, renunciando a su crítica y a la voluntad de terminar con ellas.

“Todas hacen lo mismo, pero algunas lo hacen por necesidad, otras por diversión. Esa mina con la que yo entré, quería conocer nuevos rubros y se mandó en esto. Un día no tenía plata y se mandó y después ya no le hizo falta laburar …” (Cliente) (11)

“Para mí son todas iguales. Son minas. Todas tienen con qué hacerlo. Yo no las quiero para casarme, con tal que me digan que sí, sin que digan nada. Si está callada mejor. Que se abra de piernas y a la mierda. El otro día a un amigo, una mina le empezó a contar que tenía hijos, y no supo qué hacer, si darle la guita e irse o darle la guita y hacerlo, pero a la vez sería como su patrón que está torturándola (…) Al final lo hizo. Si vas a esto te tiene que importar tres pitos lo que te diga la mina.” (Cliente) (12)

Debemos preguntarnos si no ha llegado quizás, de cara al siglo XXI , el momento de poner a los varones frente a su responsabilidad. Ellos son la mayoria de los prostituyentes y se consideran titulares del derecho incuestionable al uso de los cuerpos como objetos sin sujeto. Es esta una violación a los derechos humanos esenciales de las personas, cualquiera sea su edad.

Silvia Chejter es argentina, socióloga y codirectora de CECYM.
chester@wamani.wamani.apc.org

(1) “Libres de no serlo”, Le Monde Diplomatique, Marie Victoire Louis, Buenos Aires, Agosto de 1999, pag. 30.
(2) Uno de los ejemplos más claros de este pensamiento es de Kathleen Barry. Ver por ejemplo su libro The prostitution of sexuality, New York University Press, USA; 1995.
(3) Dice Mary Mc Intosh en palabras de Raquel Osborne en su crítica a la posición abolicionista: “En este esquema, no hay lugar para la profesional del sexo de carne y hueso, sino para la zorra que reside en la imaginación masculina. Dworkin se enfurece por la injusticia de que seamos consideradas como putas, pero en su concepción no hay lugar para la reforma, para la lucha política de estas trabajadoras” en La construcción sexual de la realidad, Raquel Osborne, Ed Cátedra , 1993, pag. 277.
(4) En esta línea se inscribe el pensamiento de Judith Belladona, citado por Cinta Canterla, en el Prólogo de El mal menor. Política y respresentaciones de la prostitución en los siglos XVI y XIX, publicado por la Univesrsidad de Cádiz, España, 1998.
(5) Les femmes et les enfants de confort: un droit de l’homme?, Françoise Collin, mimeo, 1998.
(6) Testimonio, extraído del Informe ” La Explotación Sexual Comercial Infantil”, UNICEF, septiembre 2000, en prensa.
(7) Walkowitz Judith R., “Vicio masculino, y virtud feminista: el feminismo y la política sobre la prostitución en Gran Bretaña en el siglo XIX”, en Amelang James y Mary Nash, Hitoria y Género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contempóranea, Ediciones Algfons el Magnanim, España 1990, pag. 225.
(8) Informe UNICEF.
(9) En Argentina el horario de los prostíbulos es de 12 horas continuas. En este caso, el prostíbulo/sauna en el que había estado esta niña funcionaba de 6 pm a 6 am, los 7 días de la semana.
(10) Informe UNICEF.
(11) Informe UNICEF.
(12) Entrevista a un cliente.

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