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Debates feministas
El
patriarcado ha terminado
Lilián Celiberti
Analizar y discutir, nuestra experiencia política no resulta fácil. En nuestra cultura siempre hay que estar a favor o en contra, acusar o defender, afirmar o negar para perfilar una opinión, dejando por el camino la propia experiencia, con sus sutiles ambigüedades y vitales aprendizajes.
"El patriarcado ha terminado"(1) es un texto elaborado por un grupo de mujeres de la Librería delle donne de Milán en un proceso de debate de casi un año. El resultado, como otras publicaciones anteriores, vuelve a ser irreverente y polémico. Acerca de él se han planteado controversias y reflexiones, tanto teóricas como políticas, algunas para criticarlo y denostarlo, otras para alabarlo. Personalmente no me ubico en ninguna de estas dos actitudes. Exploré entre varias amigas feministas el efecto que producía un texto que anunciaba el fin del patriarcado y para mi sorpresa, desde posturas diferentes, todas las mujeres con las que hablé, encontraban en el texto reflexiones que las motivaban y fascinaban. Ninguna dijo "esto no tiene que ver conmigo", "es ajeno" o "me produce un rechazo total".
"Sentí que ellas, a pesar de la distancia geográfica y política, lograban poner en palabras cosas que yo sentía y que no había podido nombrar- me decía Carina Gobbi, periodista feminista - no creo que sea una afirmación exitista y menos aún, que exprese que la dominación patriarcal ya no existe."
También yo me sentí en comunicación con estas reflexiones y en particular con algunas pistas novedosas para pensar y asumir los cambios que "la mayor revolución de la historia" está produciendo en la cultura occidental. Muchas dimensiones de este debate se me escapan, en la medida que no han estado planteadas en nuestro trabajo político, y me refiero específicamente a las polémicas sobre el feminismo de la igualdad o el de la diferencia. Sin embargo las preguntas, las búsquedas que se expresan en el texto, están muy cerca de la práctica que realizo con otras mujeres en mi país, aun cuando, las autoras, ubicarían mi práctica política entre aquellas que "consideran a las mujeres un grupo social oprimido, homogéneo y objeto de tutela", porque creo que es necesario recorrer también el camino de la reivindicación y la interpelación a los Estados. Con estas apreciaciones siento que también ellas pagan tributo a la cultura de las oposiciones binarias.
El patriarcado ha terminado. Ha perdido su crédito entre las mujeres y ha terminado. Ha durado tanto como su capacidad para significar algo en la mente femenina.... El resultado es un cierto desorden simbólico. El defecto de escucha y de comprensión va unido a la dificultad de leer una realidad que está cambiando, entera y rápidamente (2).
La afirmación es demasiado provocativa como para no despertar nuestras suspicacias y alentarnos a describir las mil circunstancias cotidianas de nuestras vidas donde sentimos que el patriarcado no ha muerto. Pero de la lectura total del texto, y superados los prejuicios primarios, surge una idea central que nos reconforta: asumir los cambios de los cuales somos protagonistas.
"Creo" - vuelve a decir Carina- "que en este texto se plantean interrogantes creativas que parten de ubicar a las mujeres no desde el lugar de las víctimas ni de defensoras de las víctimas, sino desde una subjetividad nueva con otras propuestas. Ellas proponen algunos indicios que se convirtieron para mí en instrumentos de análisis interesantes. Cuando hablan de cómo la mediación se vuelve un principio de autoridad y de que quien asume el conflicto adquiere autoridad, sentí que esos son los temas más cercanos a nuestra práctica diaria de trabajo entre mujeres. De pronto ciertos moldes nos quedan demasiado estrechos para pensar estos cambios. Me sentí totalmente interpretada con el análisis sobre que la búsqueda de poder no es un paradigma universal. No todas las mujeres queremos llegar a lugares de poder y es más, muchas veces si tenemos algún poder no nos sentimos satisfechas en esos espacios."
"Sobre el final del patriarcado se alarga la sombra de un sufrimiento femenino aparentemente injustificado, que toma formas melancólicas, depresivas. En el ciclo que parecía que se aclaraba ¿no se está levantando el sol negro de una tristeza femenina inédita?... No tenemos respuestas puntuales ; nuestro principal aporte son las preguntas. Pero tenemos la conciencia, lúcida pero alegre, de que a nosotras nos ha tocado encontrarnos en este pasaje incierto de la historia milenaria... Nombrar la realidad que cambia, nombrarla con tanta precisión, es apostar por el mundo, abriéndole las puertas de "su más". En otras palabras, lo simbólico (apostar es un hacer simbólico) triunfa sobre el "sol negro y libera el deseo".
Podría ponerse en discusión a qué "nosotras" hace referencia el texto, Celia Amorós, filósofa feminista de enorme significación para las latinoamericanas, señala que ese "nosotras" al que, el patriarcado ya no dice nada, se autoconstituye por desmarque de un "vosotras", las otras, las que creen en la igualdad. El texto habla de un "nosotras" no universal.
Hay una crisis general de las grandes pertenencias. El nosotras de género femenino es distinto. Con el feminismo y ya antes, con las organizaciones femeninas de masas, se constituyó un nosotras muy elemental: nosotras las mujeres.... Sin embargo, el movimiento de mujeres no se ha situado nunca como un gran nosotras ; el nosotras típico del feminismo ha sido el grupo. Pero en los años ochenta algunas plantearon la crítica al "nosotras" grupal... Descubrimos que en el hacer efectivo, lo que mueve las cosas es el más y el menos, no el par.
El reconocimiento de la diversidad entre las mujeres fue un recorrido doloroso, en cada uno de los grupos feministas este proceso tuvo costos muy altos, en lo personal y lo afectivo. Este es un tema principal en la política de las mujeres lo que Judith Astelarra llamó el proceso de individuación. Pasar de ser idénticas a ser diferentes.
¿ Igualdad versus diferencia ?
" Nosotras decimos que es idealista responder a los desequilibrios y desigualdades, porque la igualdad es una idea cívica, pero no es un deseo de nadie y si la respuesta consigue algún efecto es porque consigue que se despierte la envidia, lo cual no es ciertamente, de buen agüero para la calidad de las relaciones sociales."
La diferencia, los desequilibrios y desigualdades en el que se insertan nuestras relaciones de intercambio, son más amplios y complejos. Es difícil ponerse en el lugar de aquella que nada tiene, ni trabajo, ni casa, ni atención primaria, ni escuela. Es difícil hacer política feminista en medio de una guerra, o pensarse viviendo en países donde no existen derechos civiles. ¿ Alguien puede decir que pugnar por ciertas reglas de juego mínimas es pensar con cabeza patriarcal? La igualdad como idea cívica tiene una potencialidad positiva en países de enormes e insultantes desequilibrios. Este principio de igualdad es efectivo políticamente en la medida que actúan como limitante al poder. Pero existe una permanente tensión entre el principio de igualdad y el derecho a la diferencia. No vamos a encontrar nuevas miradas contraponiendo irreductiblemente aspectos y políticas que se remiten a campos de la experiencia humana tan diferentes. Esta tensión está presente en forma muy constante en nuestras acciones y protestas y precisamente por ello, la subjetividad de las mujeres coloca en el espacio público reclamos y reivindicaciones que expresan una contradicción: exijo ser protegida, digo ser diferente. Sin embargo es una ambigüedad muy dinámica, que siempre se está construyendo, y en ese proceso, las palabras adquieren significado, se construyen, en las relaciones de intercambio con otras mujeres.
Tanto de Beijing, como de Huairou nos han llegado..., los lenguajes de la denuncia, de la reivindicación y de la queja, típicos de quien adopta las varias identidades que ofrece el dominio: la de víctima, de defensora de las víctimas, de reivindicadora de los derechos universales. Pero en medio de esta casi Babel y apenas turbada por ella, se ha oído la voz de un acontecimiento extraordinario, de esos que marcan la historia humana. Una voz que habla una lengua común, una lengua universal, poco o más nada deudora del presunto universalismo de los derechos (en realidad un invento de occidente) y mucho en cambio, de la primacía dada en la práctica a la relación entre mujeres.
Las mujeres denuncian, se colocan como víctimas, defienden derechos propios o de otros, y en el mismo momento expresan su deseo de ser y de construir una cultura-otra- que nace de su propia experiencia. Ponerse en juego desde sí mismas, mediar entre mujeres, expresar deseos y construirlos parece tener en la política de las mujeres, combinaciones más complejas que las que se intentan clasificar entre políticas de igualdad y de diferencia.
Muchas prefieren reivindicar igualdad de derechos o secundar el lenguaje masculino, antes que sacar lo más propio de sí, el ser mujer. Hay mucha prevaricación masculina, es cierto, en la historia humana, que parece una historia sólo de hombres; pero hay también una parte tal vez no pequeña de resistencia femenina a la significación de la diferencia, como una oposición a despegarse de sí, a "partir de sí". O sea que la contradicción nos afecta de cerca. Sabemos que, en un determinado momento, la liberación de energías posibilitada por la separación, se ha detenido. No ha llevado a una circulación creciente del saber y de las prácticas de las mujeres en el mundo.
Este párrafo alude a dos temas diferentes, por una parte, la necesidad de romper con cierto sentimiento de ghetto. Se necesitó un tiempo de 'separatismo", pero la conciencia de que ésto ha dejado de ser creativo en sí mismo, ha generado prácticas más abiertas, de confrontación pública y con los Estados, y sería simplista pensar que cada una de estas acciones están dirigidas siempre, a buscar una legitimidad de la cultura masculina. Romper el círculo cerrado y ponerse en diálogo con otras mujeres, construir pactos y acuerdos aquí y ahora, legitimar deseos de otras, intereses de otras, diferentes a los míos, puede ser otro signo de los cambios. No podemos concluir que toda política de "igualdad de derechos" excluya necesariamente el partir de sí y niegue la diferencia. No deja de sorprendernos cómo se excluyen y polarizan las múltiples voces y experiencias de las mujeres.
Vivimos en un tiempo de cambios. Una dificultad de los tiempos de cambio es la mirada. La mirada se queda vieja y, al no encontrar las formas a las que estaba habituada, ve principalmente fragmentación, desorden y desastre. No ve que la realidad está encontrando formas nuevas, que ya están en circulación respuestas válidas.
La presencia de mujeres en los espacios locales habla de cómo éstas ocupan los espacios vacíos en las relaciones comunitarias. Pero aquí vuelve a ser patente la ambigüedad de la que hablábamos. Si bien esta acción política se vuelve cada vez más primaria, y más gratificante "a menudo, el voluntariado y el asociacionismo, se alinean con el poder político casi esperando de él un reconocimiento simbólico." Nos quedamos sin saber, con esta afirmación, si a pesar de este riesgo, siempre presente en las estructuras jerárquicas, invalida la experiencia de las mujeres que integran estos movimientos. Podríamos agregar que existe una abundante bibliografía en torno a la relación de los movimientos sociales y las estructura de poder económico y político de nuestra región.
Hay que tener en cuenta, como signo de este señorío femenino, el hecho que las mujeres no le plantean a la política oficial reivindicaciones relativas a los nudos cruciales del cambio de sus vidas. No es desprecio de la política oficial, porque las mujeres van a votar, parece, más bien conocimiento de sus límites naturales.
Para muchas de nosotras y también para algunos hombres la política tradicional ha dejado de ser un espacio de cambio. Pero los intercambios entre las personas se dan en el contexto y en el texto del orden patriarcal. El conocimiento de sus límites no nos coloca fuera del intrincado entramado de relaciones en las que estamos insertas, como trabajadoras, como ciudadanas, como usuarias de servicios, como consumidoras, como votantes o contribuyentes. No se necesita que se legisle para vivir como una quiere, y ello no implica renunciar a ciertas batallas políticas que jaquean la intransigencia y la intolerancia colectiva.
El fin del patriarcado, como texto y como discurso, tiene más vueltas que las referidas en estas notas. Muchas cosas que nos hacen pensar y enriquecen nuestras perspectivas, se nos vuelven ajenas cuando se transforman en consignas acerca de lo que hay que hacer, transformando en caminos opuestos, la búsqueda y las interrogantes de millones de mujeres en todo el mundo. Estamos convencidas de que ..gracias a la libertad femenina, será siempre menos fácil hacer de las relaciones humanas un bien para el mercado como una mercancía cualquiera. Pero esa libertad se construye en múltiples espacios y relaciones y hay que aprender a escuchar y ver los signos del cambio.
Lilián
Celiberti es editora de LOLApress Latino America